Alfonso Rojo

La incapacidad de buena parte de los españoles para entender el dolor y la rabia de las víctimas del terrorismo

La incapacidad de buena parte de los españoles para entender el dolor y la rabia de las víctimas del terrorismo
Alfonso Rojo, director de Periodista Digital S.L. PD

Es tan estúpido como incoherente. Me refiero a la incapacidad de buena parte de los españoles, para entender el dolor, la rabia y las reacciones de las víctimas del terrorismo.

No me refiero solo a la incomprensión con que miran a la familia Múgica y escuchan a la hermana de Miguel Ángel Blanco o a la eurodiputada Jiménez-Becerril.

Lo que me deja perplejo y justo hoy, unas horas después de que por fin hayan cazado a Salah Abdeslam, el organizador de la masacre de París, es el aséptico distanciamiento con que se valora el espanto del yihadismo islámico.

Si esto ocurriera en el lindo Mónaco, hasta podríamos intentar buscarle explicación, pero sucede en el país de Hipercor, los trenes del 11-M, Txapote, Ternera, Otegi y yerbas parecidas.

Pasa en España, donde se esgrime siempre que conocemos a fondo lo que es el terrorismo, porque lo hemos padecido de forma lacerante durante 40 años.

No se trata de una actitud exclusiva de políticos de nuevo cuño, embotados por la mezcla de series televisivas y teorías bolivarianas. Es algo compartido por tertulianos, columnistas, titiriteros y masas de población. No por un puñado de estrafalarios, sino por millones de votantes.

Y junto a eso, hay otro turbio detalle que se pasa por alto y cuya simple evocación hace que los zelotes del progrerío, te estigmaticen como facha peligroso.

Me refiero al silencio de las comunidades musulmanas ante las masacres que, invocando a Alá, perpetran los facinerosos.

¿Han visto ustedes fotos de multitudes marchando por las calles de Peshawar, Karachi, Hebrón, Teherán, El Cairo o Estambul en protesta por crímenes como el de la discoteca Bataclan?

¿No han echado en falta que los telediarios no nos estén sirviendo diariamente imágenes de legiones de honorables creyentes encolerizados contra los fanáticos que un día asesinan en Francia, otro en Rusia, el tercero en EEUU y siempre en ese sangriento lodazal en que se han convertido parte de los países de ese arco que van desde Mauritania a Indonesia y cuya característica común es la fe en el Corán?

Uno se ha resignado ya a que no haya movilizaciones en España, donde los islámicos son más de un millón. Lo mismo en la Unión Europea, donde los que rezan mirando a La Meca pasan de los 20 millones.

Pero coincidirán conmigo que es un pecado mortal que el diabólico Abdeslam haya estado 126 paseando de un lado a otro y engordando en Bruselas, sin que uno solo de los piadosos vecinos de Molenbek alertara anónimamente a la policía.

ALFONSO ROJO

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