Laureano Benítez Grande-Caballero

Rita Maestre, la princesa de Serendip

¿Por qué no ha dimitido ya Rita Maestre? ¿Estamos ante un caso de «sonrisa del destino», expresada en el dicho: «Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita?»

Rita Maestre, la princesa de Serendip
Laureano Benitez Grande-Caballero. PD

Al final, va a resultar que el próximo Gobierno de España va a ser producto de una «sonrisa del destino», eufemística expresión de Pablenin en con la que se refiere eufemísticamente a una horrible mueca de los hados dedicada a nuestro desgraciado país, empuñada como un arma de destrucción masiva del solar español.

Lo mismo podía haber dicho que España será desgobernada por el «puño del destino», eufemismo también con el que quiere encubrir que nos iremos como país a hacer puñetas. En alto, pero puñetas al fin y al cabo, que para eso le han puesto ahí, a un tiro de piedra del poder, los plutócratas que manejan el mundo.

A mí eso de las «sonrisas del destino» me suena a la teoría de «los guiños del destino», la cual me parece un claro antecedente de las sonrisas pablescas, ya que primero se guiña y luego se sonríe. Luego viene la coyunda, claro, «menage» a no sé cuántas bandas, aunque la izquierda llame a esta orgía «transversalidad». Y es que el genilenguaje le va al Podemita Mayor, que alcahuetea con sus despachos como si tal cosa.

Se suele llamar «guiños del destino» a las coincidencias que presentan un grado tal de sorpresa que rozan el milagro, las cuales suelen producir descubrimientos afortunados e inesperados, en especial cuando se está buscando una cosa distinta. Son, pues, casualidades absolutamente desconcertantes, prácticamente imposibles, que se originan accidentalmente, pero bajo las cuales es posible ver un hilo oculto, un «Dios que juega a lo dados».

Por serendipia se descubrieron cosas como el principio de Arquímedes, los rayos X, las patatas fritas, la penicilina o la viagra. Y quizá también a Pablenin, en una noche oscura, por qué no decirlo.

Su nombre más científico es el de «serendipia», neologismo derivado del inglés «serendipity», vocablo introducido en 1754 por el inglés Horacio Walpole partiendo de un cuento tradicional persa titulado «Los tres príncipes de Serendip», que narra cómo estos personajes solucionan los problemas de la isla Serendip-actual Ceilán- mediante asombrosas casualidades. Así que ya tenemos nuestra primera serendipia podemita: ¿Adivinan quiénes son nuestros tres príncipes serendipitas, y dónde está Ceilán en la actualidad?

Descubrir algo por serendipia equivale a nuestro castizo descubrir algo «de chiripa», expresión que se refiere a una jugada de billar que se gana de manera afortunada. Es decir, a una carambola. Desde luego, la desvergonzada promoción mediática de Heyglesias y su banda me hace recordar a aquello de «así se las ponían a Fernando VII», aunque, claro, esta alevosía y premeditación anula por completo la serendipia y la chiripa.

Ahora estamos ya en plena «Eureka» con la formación del nuevo Gobierno, pero esto ya no es ni guiño, ni sonrisa, ni serendipia, ya que el hecho de que Pablenin busque tocar las poltronas del poder no es ninguna casualidad, sino premeditación, así que no llegará a la vicepresidencia por chiripa. Pero no me digan que no es una suerte serendípica que le haya tocado jugarse el billar con un inepto ambicioso como Sánchez, que ni es príncipe, ni proviene de Serendip.

Donde más veo yo la chiripa serendípica de estos podemitas es en las sorprendentes casualidades que pueden observarse fácilmente en los nombres de sus príncipes y princesas. Hay casos de sonrisas del destino que pueden adscribirse al género de la más sorprendente contradicción, entre los cuales destaca con luz propia el del Coletudo mayor, cuyo apellido Iglesias es absolutamente epatante para un ateo discípulo de Nerón, que anima a asaltar capillas para seguir el ejemplo de sus vestales de «Contrapoder».

Otro que tal es el de Harry Íñigo Er-rejón, cuyo apellido es cósmicamente inadecuado para un antitaurino. Celia Mayer es otro ejemplo notable, porque ¿qué diablos tiene que ver su arteokupa -casposo, mugriento, chabacano, genital- con el esplendor del Mayer hollywoodiense? Y como además su otro apellido es Duque… ¿cómo apellidar así a una okupa anticasta?

La madre-bien Carolina es también miembra de este club, pues la pobre no Bescansa con tanta mamandurria congresista a su vástago. Espectacular es también la serendipia de Águeda Bañón, impresionante apellido para una señora que se mea en la calle.

Y, aunque no sea podemita a todos los efectos, ¿qué me dicen del independentista apellidado Rufián? Portentoso. A un menor nivel, Luis Alegre no le alegró la vida a su compañero de Facultad de Filosofía Gabriel Albiac, al que acosó por activa y por pasiva por mantener ideas contrarias a las suyas.

Luego está el género de chiripas positivas, en el que el rey es Juan Carlos Monedero, apellido absolutamente genial para este voraz acaparador de potosíes venezolanos que luego esconde bajo las alfombras de su rancho. Pero el record absoluto, la reina de las chiripas es indudablemente la ínclita Rita Maestre, alias «la quemaora», debido a que tanto su nombre como su apellido cuadran a la perfección con las sonrisas de su destino.
Para empezar, su pionero asalto a la capilla de la Complutense la convirtió en la Gran Maestre de la secta de las «madresnuestras» -que también podrían llamarse «maestresnuestras»-.

En cuanto a lo de Rita, las casualidades chiripitifláuticas se multiplican hasta el paroxismo, alcanzando clímaxs -para decirlo con la terminología del genitarte- realmente antológicos.

De entrada, la Rita no ha dimitido después de haber sido condenada por su asalto blasfemo, haciendo bueno aquello de «Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita», lema de todos los políticos corruptos peleados con el verbo dimitir, a pesar de que ella misma había dicho que lo haría si se producía la condena -al socaire de esto, la serendipia del siglo sería que un político español se llamara Dimitar, aunque sea nombre rumano-.

Curiosamente serendípico es también que la onmástica de santa Rita sea el mismo día que el de santa Quiteria -otra vez «quitar»-, cuyo nombre significa, para pasmo, «la roja».

Y es asimismo pasmoso que Rita de Cascia sea la santa de lo imposible, pues consiguió que florecieran rosas en pleno invierno, con lo cual también yo la propondría para santa de las dimisiones políticas, aunque difícil lo tendría. Como decía la canción, «es más fácil encontrar rosas en el mar».

Pero, como ya habrán sospechado, hay otra Rita famosa, cuyo origen jerezano y su actividad flamenca la hacen más castiza, más chiriposa que serendípica. Nos referimos, claro está, a Rita «la cantaora» (1859-1937), que alcanzó fama notoria en los Cafés de Madrid de principios del siglo pasado, haciendo elenco con personajes como las hermanas «Coquineras», así llamadas porque su padre, herrero de profesión, era un entusiasta mariscador de las coquinas gaditanas, serendipia clarísima de las almejas que la Maestre gritó en la capilla que quería comerse, con la frase de «El Vaticano no nos deja/comernos las almejas». Habría que ver a con qué palo flamenco se cantaría ese ripio de claro toque genitártico.

Otro de sus compañeros se llamaba ¡«Fosforito»!: cuidado, que viene curvas con esta despiporrante chiripa, pues Rita es un consumada pirómana, de ahí lo de «quemaora».

Y las frases hechas con la que la cantaora jerezana ha pasado al acervo popular son de una chiripa tan maravillosa al aplicarse a Rita la podemita, que causan un estupor absolutamente serendípico.

Al parecer, la Cantaora era polifacética, pues cantaba y bailaba todos los palos del flamenco, siendo la encargada de improvisar cuando el público pedía más actuación a los cuadros flamencos en los que actuaba.

Este talento, unido a su gracejo dicharachero, le granjeó la inevitable envidia, que se cristalizó en frases como «Eso que lo haga Rita la Cantaora», o el famoso dicho «Eso se lo dices a Rita «la cantaora»», que aparentemente se refiere a «pasarle el muerto alguien» cuando no se quiere hacer algo, pero que, en realidad, quiere decir peyorativamente eso de «vete a tomar por…».

Dimitir… Dimitir… Pues sí, «eso se lo dices a Rita, la quemaora»

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído