Santiago López Castillo

Los pelo-pincho

Los pelo-pincho
Santiago López Castillo. PD

Han tenido que transcurrir dos meses de convalecencia por un pulmón que no chuflaba lo suficiente para ver esa nueva gama de presentadores televisivos que se adecentan de aquella manera. Desarrapados, descorbatados, amigo Guerra, y peinados/despeinados con pelos de susto. Son los pelo pincho. Parecen cromos repetitivos de nuestras colecciones de chaval. Lo tengo, no lo tengo… Son la antítesis de la estética. Conjugan, por así decirlo, la chaqueta de vestir, traperos de Emaus, con patalón vaquero a lo pitillo más largo que un día sin pan.

Es un desfile de cutres, peregrinos, imitadores de la zafiedad, pertenecientes a esa grey de lo políticamente correcto. Hasta un talludo septuagenario al que le han rescatado para la caja tonta, de nombre Goyo, ya no se lleva el nombre de pila completo, imperan los Pacos, Quiques, Lalo, Fede, Sebas, Curro…, muy dados a la firma taurina y a la balompédica linense; un zurupeto, decía, reeditado para la ocasión televisiva, gasta coderas y vaqueros con vuelta y zapatillas de baloncesto frisado el mentón con cuatro pelos. Goyo, debe venir de san Gregorio Nepomuceno, quisiera llevar pearcing en la oreja o en la nariz pero no se lo permiten en el canal que para eso es del Opus.

Goyo García de Laurentis devanaba sus sesos por lo políticamente correcto cuando su anciana madre, en un suspiro del óbito, le inquirió:

– Hijo, tú no eras así. Ibas decente, con la barba a lo varón Dandy, y con pantalones a raya…

– Yo no abdico de mis señas de identidad ni de mis principios, pero hay que estar a la moda, ¿entiendes?
Era presentador de los tiempos de Fofo y Miliki en los informativos locales de la pública. Ahora le han puesto junto a una moza minifaldera que sonríe como una pava amnistiada. Cuenta los sucesos en el Pozo del Tío Raimundo, oh Padre Llanos, ora pro nobis, que ahora los protagonizan los del Este, los nativos también se dedican al navajeo, al butrón y al alunizaje y las sirenas policiales retumban más que cuando los grises.

A Goyo, goyito, le gustaría ir a Cuba o a Venezuela para inspirarse. También a Siria o junto al estado islámico donde follan y matan de balde. Pero prefiere un carajillo antes de que le reemplacen por una máquina lavaplatos, un ordenador, un bolígrafo, un plato preparado o un dron. No se da cuenta de que ese y ningún otro cometido otorga la Divina Providencia a los contribuyentes políticamente correctos, esos cantamañanas que se pasan la vida obedeciendo y cobrando cuando no holgando.

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