Laureano Benítez Grande-Caballero

El farolero de la Puerta del Sol

Como era de esperar, el Ayuntamiento Podemita -en una nueva burla al catolicismo- ha pasado olímpicamente de publicitar la Semana Santa madrileña

El farolero de la Puerta del Sol
Laureano Benitez Grande-Caballero. PD

«Soy el farolero/ de la Puerta del Sol, subo la escalera/ y enciendo el farol. A la medianoche/ me puse a contar/ y todas las cuentas/ me salieron mal».

Pues reconozco que sí, que las cuentas me salieron mal, rematadamente mal: lancé en la Red una campaña de firmas para que el Ayuntamiento Podemita -nunca lo llamaré madrileño- pusiera carteles en las farolas publicitando la Semana Santa, y conseguí… ¡6 firmas! Otras se me dieron mejor, pero todavía la Mayer sigue ahí, sirviendo a la madrileñía aborregada con su arte tetuanero.

Y es que esto del firmeteo no puede compararse a un buen escracheo, a un feroz tuiteo, a una akampada okupa, una Asamblea Mareante, o a hacer una «performance» reivindicativa de esas que tanto se llevan entre la radikalía titiritera que tanto agobia y persigue a los católicos, pues, dada su clamorosa ineptitud, no puede dedicarse a otra cosa.

Pero a lo que vamos: que ni siquiera se tomaron la molestia de poner aquello de «Semana de Festividades». O sea, que también en este sentido me fallaron con estrépito mis cuentas: nada de nada, cero patatero… ni un solo cartel anunciando la Semana Santa. No me esperaba a Jesús el Pobre adornando místicamente las farolas de la Gran Vía, pero tampoco la orfandad total, la espartana desnudez farolera, el glacial mutis por el farol de este maligno Ayuntamiento ateo y descatolizador, que hizo con este silencio un gigantesco «passafarole».

Y que me expliquen a mí cómo es posible que anunciasen a bombo y platillo el Año Nuevo Chino durante un mes y un día, y la Semana Santa -manifestación religiosa del 70% de los madrileños, y tradición artística y cultural para el resto- no haya merecido siquiera un cartelito es una farola céntrica al menos un día. Aunque vete a saber, porque si les da por hacer alguna de sus mamarrachadas carteleras, pues eso: Jesusito y Virgencita, que nos quedemos como estamos.

Y surge la pregunta de los 150.000 euros: Ante el descomunal ahorro en cartelitos faroleros, ¿en qué se ha gastado AhoraMadrid esa cantidad, que dijo que iba a invertir en los festejos procesionales? Aunque la pregunta gorda es la siguiente: ¿Qué han hecho los católicos madrileños ante esta burla, ante esta discriminación, ante este nuevo ataque a nuestras tradiciones, no ya cristianas, sino madrileñas? Los madrileños -y por extensión, toda la españolía- deberían tener muy presente el refrán que dice: «Ojos que no ven, farola que te tragas». Farolas como panes, o como ruedas de molino, con las que los podemitas embriagados con las sulfataras de los Avernos han cretinizado a un país entregado masoquistamente a sus razzias anticatólicas.
Más que AhoraMadrid, son AhoraChina (lo de Wanda no cuenta), como serán AhoraGays y AhoraRamadán. Menos expresar un signo católico, AhoraLoqueSea.

¿Cuándo se enterará este país terracero y acomodaticio de que el cambio que esta carretada del inframundo busca es extirpar el catolicismo de nuestro solar? ¿Y cuándo se enterarán estos endriagos del Tártaro que, aunque el Estado sea aconfesional, la sociedad española es católica en su inmensa mayoría?

Quizá no seamos muy practicantes, pero tampoco vamos a votar todos los días y eso no quita para que seamos demócratas. Esto es lo que no pueden digerir, lo que les da sarpullido a esta camorra bolivariana: «Ay, chúngala, cata, chúngala,/ ay, chúngala, catacachón,/ ay, chúngala, cómo me río/ con todo mi corazón».

¿Es que a ustedes no les resulta sospechosamente diabólico que se anuncie con horribles horteradas carteleras el Carnaval, que en Madrid es una patochada supina, y la Semana Santa tenga el más absoluto de los desprecios, cuando los AhoraMadriles son en teoría los representantes de una madrileñía católica? ¿A quién representa esta banda maligna? No es al Príncipe de las Mareas Podemitas, sino a otro Príncipe, el que los engendró una noche de akelarre en Monte Pelado: el Príncipe de las Tinieblas, «que se estará muriendo de risa,/ al ver a los católicos/ con Semana Santa y sin camisa».

Mas no es de extrañar este apagón cartelero por parte de los okupas y trasgos de nuestro Ayuntamiento, ya que la Semana Santa es la encarnación más pura de la trilogía que solivianta a los radikales: lo católico, lo español, y lo tradicional, simbióticamente unidos en glorioso contubernio.

A estas mesnadas del Señor de las Moscas yo -como si fuera el farolero de la Puerta del Sol- les diría desafiante las palabras de Machado: «¿Quién me presta una escalera/ para ponerle un cartel/ en la farola de la plaza/ al Jesús del Gran Poder?». O: «¿Quién me presta una escalera/ para subir a la ventana,/ a ponerle un cartel/ a la Esperanza de Triana?». A esto se le podría llamar «farolear», acción reivindicativa de viejo cuño, cuya más virulenta modalidad se inventó hogaño, cuando los descontentos rompían las farolas de la madrugada con tirachinas para protestar contra algo -por cierto, eso de tirachinas sería una verdadera amenaza para los «Happies Años Nuevos Chinos» faroleados-.

De ese tiempo más o menos era la tribu de los «abrazafarolas», que presumiblemente se agarraban a ellas para mantener el equilibrio tras una noche loca, más que para reclamar carteles. Luego llegó la condesa Von Thyssen, que inventó la modalidad del «abrazaárboles», esposada y todo, para sus protestas -¡quién la fichara!-. Y, como ya saben, de los abrazafarolas pasamos a los perroflautas, okupas, y todo eso.

Hoy día se farolea de otros modos más esotéricos, el más relevante de los cuales es el Expediente X conocido como «Efecto SLI» («Street Light Interference»), un fenómeno conocido en España como «interferencia en el alumbrado público» el cual origina que al paso de determinadas personas -«hombres eléctricos»- se apaguen algunas farolas, por lo cual se les suele llamar coloquialmente, «apagafarolas». Ya me gustaría a mí tener ese poder, y ser un farolero paranormal de «apagayvámonos», para que a mi paso se extinguieran las farolas carnavaleras, chinas, gays o ramadánicas. Y también las que no llevasen carteles alusivos a la Semana Santa. O sea, que yo, como farolero, podría encender y apagar las farolas que me diera la gana, a discreción, con lo cual muy posiblemente dejaría a Madrid a oscuras: «Las farolas de mi calle/ no se quieren encender/, porque no han puesto carteles/ del Jesús del Gran Poder»; «Las farolas de mi calle/, a mi paso se apagan/ porque no han puesto carteles/ de la Esperanza Triana».

Aunque, como también los animales tienen sus pácmicos derechos, quedaría muy progreguay integrar en esta lucha subversiva a las mascotas, que podrían mearse en las farolas que les desagradasen, aunque no se apagasen. Así, pasaríamos de los «perroflautas» a los «perrofarolas». Y, si le cogen cariño a alguna, pues llegaríamos al summun: okupaperrofarola.

Pero más que a la Puerta del Sol, mi farolear cojonero apunta a mi gran ilusión por ser el farolero del Faro de Alejandría, con el fin de enfocarlo en toda su galáctica intensidad día y noche sobre el Ayuntamiento de los orcos madrileños, con el fin de someterlos a un interrogatorio inmisericorde de esos que se hacen a los sospechosos, hasta que confesaran a la madrileñía a qué Señor Siniestro sirven con sus persecuciones a lo católico. Pero tampoco haría mucha falta, la verdad, porque tanto usted como yo ya lo sabemos: al «abrazapodemitas».

Y también les diría, a la luz de esa potentísima farolada -especialmente al Podemita mayor- aquello de: «He visto farolas rotas alumbrar más que tú».

Mas lo que les espetaría a la cara, lo que pondría en un gran cartelón en la farola más cercana a la puerta del Ayuntamiento Podemita es esta lapidaria frase de Stanislaw Jerzy Lec: «Muchos de los que lucharon por estar en el candelero, acabaron colgados de una farola». Y la historia nos dice que esto no es ir de farol.

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