Santiago López Castillo

Refugiados: algo de hipocresía

Refugiados: algo de hipocresía
Santiago López Castillo. PD

Adelanto, amable lector, que este artículo no es políticamente correcto y confieso mi ignorancia en el campo internacional. Sin embargo, quiero expresar que estas líneas brotan, modestamente, al amparo del humanismo cristiano y la razón de ser, dogmas no fáciles de conjugar pero que se están utilizando al libre albedrío político, especialmente por parte de una izquierda caracterizada por la demagogia y la hipocresía.

Sí. Es un drama el de los refugiados. Tan es así que Europa se reúne y no para -y no debe de parar- para saber qué hacemos con los perseguidos de la guerra (África globalmente) y con los que negocian con cuerpos y almas llevándolos al viejo continente para quitarse el muerto de encima. Supe de ACNUR como alumno de la Escuela Oficial de Periodismo, nada qué ver con la Facultad, de la que obtuve después la licenciatura por imperativo legal. Corrían los años setenta. Hoy, los progres airean ACNUR con cartelones de «bienvenidos» como si cantara Miguel Ríos en un festival de rock. A la bienvenida se apunta la zafia alcaldesa de Madrid para la que todo es progresismo incluidas las tetas de su portavoz en una capilla católica de la Complutense.

Centenares de miles de personas tratan de alcanzar la tierra prometida. Ochenta mil son niños, limpios de polvo y paja, o como así los quisiéramos ver. Sonríen a la adversidad, a las fotografías para ser premiadas, y sólo faltan huchas de china que más bien serían negritas para las misiones. El bien común de la sociedad internacional, según el Código de Malinas, se basa fundamentalmente en el mantenimiento del orden que permite a cada Estado, en plena posesión de sus derechos, entregarse pacíficamente al ejercicio de sus fines sociales. Asimismo, contempla el progreso de la civilización mediante el intercambio de bienes materiales y espirituales. Esto exige -como indica Juan XIII en la Pacem in terris- que las relaciones internacionales se basen en la verdad, la justicia, la solidaridad y la libertad.

Esta es la teoría. Pero ¿y la práctica? Sorprende ver entre los refugiados mocetones de jóvenes que no luchan por su pueblo y pretenden que Europa lo solucione todo. ¿Podrá albergar un millón de emigrantes el antiguo continente siendo la mayoría musulmanes? La guerra es un gran negocio para los regímenes totalitarios y para las mafias que comercian con cuerpos y almas. Premonitoria fue mi amiga Oriana Fallaci cuando publicó su libro «Eurabia» y todo el mundo se la tiró al cuello como fieras.

En cualquier caso, duele en el corazón que el hombre siga entendiendo la palabra odio y obedeciendo la amarga regla del odio.

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