Fernando Jáuregui

O sea, nada: ¿qué parte de nada no entienden?

O sea, nada: ¿qué parte de nada no entienden?
Pablo Iglesias, Sergio Pascual (a su derecha) y Teresa Rodríguez y otros de Podemos. PD

Recibo varios mensajes a través de las redes sociales en los que se me critica por haber dicho, en una tertulia de radio, que, a mi juicio, carece de importancia el hecho de que Podemos haya suscrito o no el pacto antiyihadista, quedándose como mero «observador» en el mismo.

Dije que Podemos, al fin y al cabo, goza con distanciarse de los demás, epatando a la población; y su presencia, o su ausencia, tienen poco peso específico en un pacto que, de todas maneras, carece de demasiada operatividad.

Uno de los críticos me hace ver que quien aspira nada menos que a controlar el CNI, los servicios secretos, como aspira Pablo Iglesias, no puede mostrar reticencias a un acuerdo global contra el terrorismo islamista, por mucho que los de Podemos condenen verbalmente este terrorismo, que lo condenan, y por mucho que el pacto les importe un rayo, que eso es lo que les importa: nada.

Y creo que quienes puntualizan, desde el reproche, mis palabras en la radio tienen cierta razón. Quien quiere controlar a los espías, de quienes tanto depende en la lucha contra el terror, nacional e internacional, no puede andarse con frivolidades ni haciendo, en palabras del propio Iglesias, el ‘enfant terrible’ por ahí.

Lamenté y me disculpé por mi error, porque eso es lo que ha sido, en las redes sociales, confiando en que también los dirigentes de la formación morada vuelvan grupas. Pero ya se sabe que la autocrítica y la marcha atrás en los errores no son precisamente el patrimonio de nuestros políticos, sean de derecha, de izquierda o de centro.

Además, los de Podemos deben andar muy ocupados estos días arreglando sus propios parches internos: tan ocupados que Iglesias no ha tenido, al parecer, hueco en su agenda para entrevistarse personalmente con el secretario general socialista, Pedro Sánchez, este miércoles santo: una breve llamada telefónica ha sustituido, al parecer, el ‘cara a cara’, que ha quedado pospuesto, cómo no, para después de estas minivacaciones, que todos respetan, nunca mejor, o peor, dicho, religiosamente; no se las perderían por nada.

Y lo mismo vale para la conversación entre el propio Sánchez y Mariano Rajoy, que anda haciendo declaraciones allá por el sur, no muy lejos de Doñana, dicho sea de paso y con afanes meramente geográficos. Los dos máximos representantes de la política nacional, en funciones uno y buscando otras funciones el otro, apenas tuvieron tiempo de hablar cinco minutos telefónicamente para, digo yo, acordar algún tipo de actuación conjunta –pero ¿cuál?

Nada- tras los atentados en Bruselas, que han conmovido las conciencias de los europeos y del mundo entero. Y que a los españoles nos han recordado los peligros añadidos de tener un poder Ejecutivo con conciencia de provisionalidad, aunque nadie quiera reconocerlo explícitamente. Nadie reconoce aquí explícitamente nada, ni siquiera lo evidente. Bueno, lo evidente se reconoce menos que nada.

No sé qué diablos tiene que pasar aquí, en Europa, en el mundo mundial, para que estos señores que dicen representarnos, o aspirar a ello, cambien sus pautas de comportamiento, o sus mentalidades-de-antes, y se sitúen en ‘modo altura de miras’. Nada les conmueve lo bastante, nada. En otro orden de cosas, o no tan otro a lo mejor, ya ve usted: va Rajoy a Cataluña, a rendir un homenaje a otras víctimas, unas jóvenes muertas en accidente, y ya nos advierten de que entre él y el molt honorable president de la Generalitat, Carles Puigdemont, que no se habían visto las caras hasta ahora, no mediará más que un frío apretón de manos. De hablar algo sustancioso entre ellos, ni siquiera por teléfono, ni los cinco minutos de la ‘cumbre telefónica’ con Sánchez, nada de nada.

Dígame usted si podemos -si somos capaces, quiero decir- seguir así mucho tiempo. Rectifiquen, hombre, que algunos, sin tener la cosa tanta trascendencia, lo hacen en las redes sociales, o donde sea, y no pasa nada, tampoco pasa nada.

Poniéndose en el plan desafiante, algo chuleta, de alguno de nuestros líderes políticos, cabría preguntarles: ‘oigan, ustedes, ¿qué parte de ‘nada’ no entienden?’. Pues nada, que estamos ante algo cada día más semejante a la nada*

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