Santiago López Castillo

Curas redentores

Curas redentores
Santiago López Castillo. PD

Los curas como los jueces estarían mejor callados. Pero el protagonismo les puede. Principalmente, el Papa Francisco que en su afán por arreglar el mundo mundial se mete en unos charcos que ni con katiuskas. Cierto que la Iglesia tiene un papel redentor en la Tierra. Pero a veces, Dios me perdone, ciertas actitudes son alcahuetas. Pasa igual con los jueces que quieren ser las estrellas de los cafés. Pero para este creyente y mal practicante las cosas de allá deben estar por encima de las de acá. O dicho de otra forma, con tanto relativismo y odio fundamentalista, el orden moral tendría que prevalecer y sobreponerse a la barbarie iconoclasta que nos rodea (sin ir más lejos, una imagen de Jesucristo fue profanada y destrozada en Sevilla).

Otro obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, salió con lo de la reconciliación en el País Vasco, dígase Vascongadas, siempre echando un capote a los terroristas, buena gente, bona-fuente en televisión, pidiendo, menos mal, el arrepentimiento para volver a matar si se puede y seguir mamando chiquitos en las herriko-tabernas. Hombre, Munilla no es Setién, pastor de asesinos, duele decirlo, y que tanto daño hizo a las víctimas del terrorismo. ETA nació en una sacristía. Y los duelos, no se olvide, se hacían por la puerta falsa de las iglesias.

Llega, por otro lado, la noticia de que Benedicto XVI se está apagando, lentamente. Pienso, si se me permite, que era un Cruyf innovador, genial, único, irrepetible. Un cerebro, teólogo como pocos, facha para los agnósticos, teólogo excelente. Nada qué ver con el actual pontífice, populista cum laude, te baila el tango y la comparsita. Pero los cuervos graznan porque se extingue Joseph Ratzinger, esos críticos que no se dan cuenta que ellos están muertos en vida. O como esa casta indignada que se está poniendo ciega a espuertas de dinero y que a los mayores llaman viejos y ellos son el progreso. Cosas de los tiempos. Los que estamos más para allá que para acá nos batimos en retirada blandiendo la única arma que nos queda: la experiencia. Los jóvenes, en cambio, recurren a las malas artes de la insidia y la caza con reclamo: el que sobrevive entierra al otro; ya no se habla de generaciones, sino de individuos, y el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o como también se dice, aquí paz y después gloria.

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