Santiago López Castillo

Eurabia o la fuerza de la razón

Eurabia o la fuerza de la razón
Santiago López Castillo. PD

Sólo los memos no reparan en el peligro que corre el mundo occidental. Y las memas que, lejos del lenguaje sexista, son esas feministas que no mueven una paja por la ablación del clítoris, les parece bien que las mujeres sean tratadas como mulas, lleven orejeras o burkas y cargan sus costillas a base de arreos y palos.
Cada vez reivindico más firmemente la figura de Oriana Fallaci, la añorada compañera que nos llamaba a Pedro Rodríguez y a un servidor -los entrevistadores de moda de los años 70- cada vez que pasaba por Madrid. Releo sus libros avisadores del peligro del Islam, especialmente «Eurabia», premonitorios y que hoy son, desde hace más de una década, una triste realidad. Y añado este título para los que no quieren ver: los musulmanes ganan la guerra y los cristianos la perdemos, Alá es grande, muerte al infiel y Mahoma su profeta.

Vivo en la sierra norte de Madrid. Está plagado de moros, en especial el pueblo de al lado que es Becerril de la Sierra, núcleo de veraneantes y hoy ocupado por moros sin cristianos. Dicen que esta localidad alberga una veintena de etnias. No las he contado. Las plazoletas ya no sacan los pellejos de los ancianos al sol como otrora, ahora los bancos de piedra son ocupados por la tez morena, auxiliados por el municipio, Cáritas caritativa, Cruz Roja, la Comunidad matritense y alguna asociación altruista que busca la propia subvención. Bueno, y según me cuentan, refuerzan su estatus con la venta de droga y el estraperlo y la Guardia Civil al lado. Pero manda la política, lo políticamente correcto, la genuflexión y el silencio entre las sombras.

Se están extendiendo como plagas que, en su día, yo califiqué de operación tarántula. Siguen la misma táctica que los independentistas catalanes que abren sus puertas con tal de que los inmigrantes no hablen español pero sí el catalán. Y no se dan cuenta, los nacionalistas, que la invasión musulmana es una bomba de relojería. Aplican su filosofía de la misma manera que el Estado español (definición que acuñó Franco en el 39) retrocede, cobarde, ante el secesionismo. El musulmán es acogido con generosidad, sin más miramientos que el sentido humanitario, dándole más que lo necesario y «en agradecimiento» lo matan con inmolación o sin ella. Ellos, los islamistas -dejémonos de eufemismos- degüellan a los «infieles» mientras la retro-progresía calla en silencio y El Coleta está de oyente y no ve mal que Europa, o sea, Eurabia, querida Oriana, sea muerta y sepultada, guerra al imperialismo.

La gran Fallaci, tras su avisador libro «La rabia y el orgullo», fue condenada a la hoguera como en tiempos de la Inquisición. Haber propagado las verdades que la ignorancia y la santurronería y la falta de razón nunca quisieron escuchar. Con la razón -clamaba- hace falta un poco de coraje, y con el coraje, un poco de dignidad. Ni una palabra más.

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