Antonio Casado

Falsas expectativas sobre la reunión de Pedro Sánchez y Pablo Manuel Iglesias

Falsas expectativas sobre la reunión de Pedro Sánchez y Pablo Manuel Iglesias
Pablo Iglesias (PODEMOS) con Pedro Sánchez (PSOE). PD

Ríos de tinta sobre la próxima cita de los líderes de Podemos y PSOE. Hablar por hablar. Creo que son infundadas las esperanzas de que la reunión de Pedro Sánchez y Pablo Manuel Iglesias, prevista para este miércoles 30, alumbre un camino hacia la gobernabilidad. La política y la aritmética lo bloquean por la banda izquierda del espectro parlamentario.

No hay margen para formar un gobierno «a la valenciana», como suele decir Iglesias. Ni «a la «portuguesa», como soñaba Sánchez, cuando viajó a Lisboa para insinuar sus intenciones, cuando decía en público que la militancia socialista no entendería la falta de diálogo con Podemos o cuando anunciaba que consultaría a esa militancia si los barones le ataban las manos.

Todo eso ha perdido fuelle desde que Sánchez eligió a Rivera (Ciudadanos) como socio preferente. Desde el centro, por el cambio, el mismo lenguaje generacional y un enemigo común (el PP). Pero lo hizo sólo después de descubrir la verdadera cara de Podemos y toparse con las barreras de Iglesias en el intento de forjar un cierto alineamiento PSOE-Podemos.

Entonces Sánchez empezó a emitir señales de desistimiento. La más significativa fue el nombramiento de un equipo negociador (Jordi Sevilla, José E. Serrano, Rodolfo Ares) incompatible con las tesis de Podemos. Y un discurso persistente en el aviso de que no sería presidente a cualquier precio, mientras asumía los topes del Comité Federal (nada de tratos con fuerzas disgregadoras) y censuraba el veto de Podemos a Ciudadanos.

Nada de eso ha cambiado por el hecho de que Sánchez acepte la entrevista con Iglesias. Tendrían que juntarse los dos vectores capaces de vencer a la matemática y a la política. Uno, que en un Podemos ahora en crisis y desestructurado se impusiera el criterio unánime de que mejor Sánchez que Rajoy en Moncloa. Decir que Podemos controla a sus franquicias regionales es mucho decir. Y dos, que en entre las fuerzas separatistas de catalanes y vascos se impusiera asimismo el criterio unánime de que mejor Gobierno del PSOE (más sensible al discurso nacionalista) que continuismo del PP. Esa doble unanimidad en Podemos y en el nacionalismo no se consigue a golpe de corneta. Y si se consiguiera, el Comité Federal del PSOE nunca pagaría el precio.

Pero hay muchas más razones. La principal es saber que Podemos quiere liquidar al PSOE y quedarse con su espacio. Además, aunque comparten objetivos sociales, ambos están muy alejados en cuanto al grado de compromiso con el orden constitucional vigente.

Una alianza, en fin, matemáticamente inestable y políticamente tóxica. Al menos si nos atentemos a estas palabras de Sánchez rescatadas de la hemeroteca: «Iglesias ha convertido la mentira en su forma de hacer política», «pactar con el populismo es como pactar con la Venezuela de Chavez, cuya consecuencia es la pobreza y las cartillas de racionamiento», o «con el populismo no vamos a pactar ahora ni después ni nunca».

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