Manuel del Rosal García

Meonas, títeres. semáforos, top manta, gomina… y todo esto de color morado

Meonas, títeres. semáforos, top manta, gomina... y todo esto de color morado
Manuel del Rosal García. PD

Creyeron en los que se autoproclamaban los arregladores de las lluvias, de los años bisiestos, de las borrascas, de los estúpidos cambios de horario, de los accidentes de tráfico, de los miles y miles de divorcios, de los hijos que te salen rebeldes por no comprarles el último aparatito tecnológico-digital, de que se te quemen las lentejas, de los que se casan sin saber para qué ni por qué, de los calores del verano, de los fríos del invierno, de que llueva, de que no llueva, de las malas cosechas.

Creyeron en ellos porque el Leviatán culpable de todo lo enumerado y más, como por ejemplo el no poder pagar las deudas que contrajeron para poder ir al Caribe o el firmar una hipoteca con una cuota de 1.000 euros cuando ganaban 1.200, iba a ser defenestrado, eliminado, convertido en polvo. Ese Rajoy culpable de todos los males, Leviatán demoniaco desparecería y con su desaparición llegarían los días de vino y rosas. Entusiasmados, embriagados, mareados por el tufo que despedían las promesas de los arregladores de todo, votaron al color morado que ofrecía un mundo como no lo hay en ninguna parte del mundo.

Y llegó el 20D y frisando las 23 horas el resultado de los votos dibujó un tablero demencial que, no por eso, arruinó la alegría morada de ver que el PP solo obtenía 123 escaños, y ahí fue la explosión, la rebatiña, la fiestorra de las banderas moradas, los confetis morados, los globos morados, los balcones vestidos de color morado, el ¡si se puede! de los discursos morados.

Era el desate de quienes ya veían las ciudades de color morado, con sus fuentes manando leche y miel, con su luz, su gas, su agua y su casita gratis y los padres despreocupados del porvenir de sus hijos pues estos vendrían con una renta vitalicia de color morado bajo el brazo.

La llegada de los impolutos y puros morados acabaría con la corrupción, generada tan solo por los encorbatados del PP y no por los descamisados del PSOE, ni por los de la butifarra del 3% porque la corrupción es solo la del PP, la otra es una corrupción con bula Papal, de marca blanca blanquísima que roba tanto o más que la del PP, pero que está sacralizada por la moral hipócrita de la izquierda roja, morada y verde más sectaria de toda Europa y aceptada por los votantes izquierdosos a los que han convencido torticeramente de que la izquierda morada, roja y verde es la depositaria de la honradez, la honestidad y la moral en un ejercicio de puro maniqueísmo.

Y llegó el momento, la hora, el día en que los morados impolutos comenzaron a gobernar en los ayuntamientos, y ahí fue el año del eclipse que vistió todo, no de morado, sino de negro en las ciudades donde la casta – ya son casta – morada, cuando tuvo en sus manos el bastón de mando, no pudo evitar que todas sus miserias, sus rencores, sus resentimientos salieran a la luz, mientras ni una sola idea para crear trabajo, mejorar la situación de los ciudadanos y crear riqueza salió de sus alforjas, porque estas estaban y están vacías de todo lo que no sea ideología rancia con olor a naftalina y alcanfor y sectarismo.

Y aparecieron las meonas y el ataque al ejercito con Colau, los títeres con Carmena, los semáforos en Valencia, los tops manta a su libre albedrio con Kichi, los cambios de nombre en las calles, la eliminación de retratos, bustos y esculturas, las Semanas Santas a las que se quieren eliminar y todo un repertorio de color morado que nada cambió, que nada cambia y que hace pensar a sus votantes como han podido vivir sin estos avances sociales que hacen de la España donde gobiernan una España retrotraída al siglo XIX.

Y nos queda lo que puede que nos traiga, no ya el año del eclipse, sino el año del cometa, nos queda la posibilidad de que España entera se vista de morado porque un socialista borracho de codicia política y de poder, permita gobernar a los morados.

Si esto sucede que nadie se queje, como no se pueden quejar los ciudadanos de Santiago de Compostela cuando han visto como una mujer se meaba al paso de la procesión, ellos votaron lo que tienen. Como no se pueden quejar los zaragozanos que han puesto al frente de su ciudad a un esperpento de alcalde adicto a la gomina.

Como no nos podemos quejar los españoles de vivir en el limbo de la incertidumbre política a la que nos ha llevado nuestros votos libremente ejercidos, en la creencia de que el bipartidismo era la negrura y los mejunjes, mamoneos, compraventa, mamandurrias y cambios de cromos de un Congreso como un puzle tridimensional, iba a ser la luz que entrara en todos los hogares españoles.

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