David Gistau

Me he perdido el ensayo general con todo de la boda de Vargas Llosa e Isabel Preysler

Seguramente habría hecho un papelón llorando y sonándome cuando Vargas Llosa puso nombre a la felicidad

Me he perdido el ensayo general con todo de la boda de Vargas Llosa e Isabel Preysler
Isabel Preysler con Mario Vargas Llosa. EP

Me perdí la boda de El Escorial, de la cual tantos invitados pasaron luego por prisión, me perdí la boda de los Reyes, y ahora me he perdido el ensayo general con todo de la boda de Vargas Llosa e Isabel Preysler en el Villamagna

Es la columna del día, esa pieza maestra que destaca del conjunto y que este 30 de marzo de 2016 destaca luminosa sobre todas las demás. Se titula ‘Salones’, tiene como protagonista al Premio Nobel Mario Vargas Llosa, la escribe David Gistau y encierra tanto humor, tanta inteligencia y tanta cultura que no nos hemos resistido a la tentación de reproducirla, con permiso de ‘ABC‘:

Suelo pretender que poseo una elegancia distante, llena de desdén social. Pero no es verdad. Luego me da mucha rabia que no me inviten a las grandes bodas que permiten salir en estas deliciosas galerías de retratos, tan ABC, que inspecciono con profundo resentimiento por no haberme sido concedida la oportunidad de posar al bajar del Bentley para que el lector admire la bizarría y el donaire de mi estampa así como la belleza inmarcesible de mi actual esposa.

Advierto de que, de seguir esto así, contemplo la posibilidad de empezar a colarme. Porque hasta cronista mundano me hice durante un tiempo, sólo para pisar alfombras rojas y consagrarme como negrita social, y fue en vano. Me reí del perrito de un embajador y ahí acabó todo.

La percepción en lo que a mí respecta es que sólo pego en conciertos «heavies», en guanteos de superligeros, en inauguraciones de toros mecánicos, y cosas así, cuando en realidad nací para que las señoras bien me dijeran «darling» y me pagaran cenas en la «Côte-Basque», como a Capote.

¿Cómo es posible que aún no forme parte de la corte de una «précieuse»? ¿Qué hice mal? Por favor, ¿puede alguien «chic» introducirme en su círculo?

¿Puede alguien ayudarme a alcanzar una cínica sofisticación de final de especie y fingirme escandalizado por adulterios, quiebras económicas y asuntos por el estilo de los que se habla en los salones?

Me perdí la boda de El Escorial, de la cual tantos invitados pasaron luego por prisión, me perdí la boda de los Reyes, y ahora me he perdido el ensayo general con todo de la boda de Vargas Llosa e Isabel Preysler en el Villamagna.

Esta exclusión me parece especialmente injusta porque, en esa mezcolanza de lo social y lo intelectual -es decir, hablar de libros y de dictaduras pero pelando un Ferrero-Rocher-, tengo unas enormes posibilidades en las que nadie reparó al confeccionar la lista de invitados.

Puedo pasar por joven liberal que ve en el advenimiento de Macri un síntoma de la extinción del paradigma bolivariano en Iberoamérica y al mismo tiempo cumplimentar a Preysler con gran habilidad para la lisonja ligera y admirar su vestido con mucha más discreción que Ana Botella.

Haberme perdido el ágape del Villamagna puede ser un desastre social para mí, pero también un error para la pareja, porque encontrarán en Madrid pocos personajes igual de versátiles que yo -y de versados, además, en las obras de Vargas Llosa-, tan ideales, por tanto, para frecuentar su incipiente Versalles de los libres e iguales.

Lo que admito es que seguramente habría hecho un papelón llorando y sonándome cuando Vargas puso nombre a la felicidad, porque para las cosas del amor siempre fui romántico y sentido.

Es una fea difamación, ésa según la cual sólo abrazo cuando hay gol. No entiendo cómo nadie ve que estoy en sazón para convertirme en el rey de los salones sociales. Me clavo las uñas sólo de pensar en cuántas listas de invitados en las que no seré incluido se están confeccionando en este preciso instante.

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