Federico Jiménez Losantos

Ahí viene La Plaga, le gusta el Poder

"Este empeño en teatralizarlo todo, que oscila entre el astracán y el esperpento, obedece a un propósito claro, que es la toma del Poder"

Ahí viene La Plaga, le gusta el Poder
Federico Jiménez Losantos. PD

Yerran los maricomplejines y rojicomplejines que piensan que al haber sido pillado Iglesias en una mentira a Snchz, sus seguidores lo abandonarán

La pieza es de Federico Jiménez Losantos. Aparece este 10 de abril de 2016 en Libertad Digital y es estupenda, dedivertida, aguda, culta y muy oportuna:

Si no fuera tan matonesca, si no exhibiera tan obscenamente su condición violenta y liberticida, resultaría divertida la puesta en escena de la mara de Pablo Iglesias, esos borreguitos de Norit con ínfulas de manada de lobos. Y de lobas.

Y si cunden los bebés de atrezzo, de los cinco lobitos. Todo el totalitarismo moderno se basa en una gigantesca escenografía, en una modernización de los grandes rituales del absolutismo.

El Palacio de Verano de Pekín, con su barco de mármol, en el que Qianlong gastó el dinero de una flota de guerra, es el Monte de Piedad del padre Piquer, primera caja de ahorros, al lado de la Ciudad Prohibida, piso piloto de todos los déspotas.

Cuenta Tolstoi en Guerra y paz que el lujo de la Corte de Napoleón en Dresde, antes del pasmo de la Grande Armée entre Smolensk y Moscú, competía con el del Zar Alejandro.

Pero si Stalin llevó más lejos las fronteras de la URSS que Catalina o Pedro el Grande las de Rusia, lo que queda es la versión de Eisenstein como Iván el Terrible. Lo esencial en el comunismo -copiado por Mussolini y Hitler- son sólo dos cosas: el terror y la propaganda.

Lo que, de momento, impide a Pablo Iglesias ir de Leninfú-man-chú, rodeado de eunucos, adivinos y tesoreros -no diré concubinas-, es el arte povera de la propaganda comunista antes de llegar al poder, el estilo machuno del Che Guevara, el Subcomandante Marcos o Tania, la Guerrillera Heroica, porque la Sánchez-Vaciamadrid no fue la primera.

Y como no puede ir a caballo como el Subfarsante Marcos por la Gran Vía, ni desfilar en jeep por la Castellana como Fidel Castro, aunque lo sueñe, el Leninín de la Complu se nos presenta como un peatón de la historia y pobretón de catálogo, un híbrido de descamisado peronista y squadrista de Mussolini, de matón antisemita de las SA y de figurante de Novecento, copiado del óleo de La Huelga. Y cuando entra en las televisiones con su mara es como el Wyoming de Caiga quien caiga o como su modelo de malotes: la banda de Reservoir Dogs.

No quiere Gobierno, quiere el Poder

Pero este empeño en teatralizarlo todo, que oscila entre el astracán y el esperpento, obedece a un propósito claro, que es la toma del Poder. La mara podemita no se tomaría la molestia de ir siempre en camisa si no fuera para algo. Y sólo un ignorante enciclopédico como Snchz pudo creer, sobre todo tras el numerito del Supervice, que era entrar en el Gobierno.

Un político democrático trata de llegar al Gobierno, porque en eso consiste el Poder. Un líder, un partido, un proyecto totalitario nunca entenderán el Gobierno como un fin, que es el ejercicio y disfrute del Poder, a veces para hacer algo, sino como un medio para lograr su único fin: el Poder absoluto. Lo dice el himno de Sendero Luminoso:

«Salvo el Poder todo es ilusión».

Lo que ha podido engañar al ignorante Snchz es el tacticismo que forma parte de la esencia misma del totalitarismo comunista para alcanzar el Poder. Lenin, Stalin y Mao -siguiendo a Marx y Engels en el Manifiesto Comunista de 1848, pero sobre todo a la Crítica del Programa de Gotha o las Tesis sobre Feuerbach- han adoptado, casi con delectación, la técnica de traicionar siempre y a todos los aliados para alcanzar el fin último, que es la Dictadura del Proletariado ejercida en su nombre por el partido Comunista. La famosa Tesis XI:

«Hasta ahora los filósofos han explicado el mundo: se trata de transformarlo», es la proclamación de la renuncia definitiva a toda moral y coherencia discursiva que frene la conquista del Poder.

Por eso es tan marxista el Lenin en el «Qué hacer» tras la derrota de 1905 como el que adopta la NEP (Nueva Política Económica) tras la hambruna provocada por la colectivización y la guerra civil desencadenada en Octubre de 1917.

Por eso es tan leninista Mao en sus libros sobre la aceptación táctica de la república burguesa de Sun-Yat-sen, la alianza con los nacionalistas de Chang-Kai-Shek contra los japoneses, la Guerra Civil Prolongada, la Larga Marcha y las depuraciones, ya en el poder, de Liu-Chao-Chi y Lin Piao, de Chu-En Lai si no se muere a tiempo y de Deng Xiaoping tras la Revolución Cultural, ruinosa masacre que superó en quebrantos al Gran Salto Adelante y demás disparates maoístas.

Pero cuando Mao publica la proclama que inició la Revolución Cultural, «Fuego sobre el Cuartel General», el que estaba al frente del Cuartel General, ¡era él! Y Stalin mandaba el Ejército Rojo a cuyos oficiales masacró.

Y Fidel Castro inventó Ubre Blanca, la minivaca -o sea, cabra- que iba a garantizar leche gratis para los hijos de la revolución; y el quesoducto para vender a Francia gruyere de la Ciénaga. Sin recurrir a Corea del Norte y a Camboya, donde el genocidio es la política de natalidad, no hay atrocidad ni estupidez en que no hayan incurrido los líderes comunistas en todo el siglo -se cumple el año que viene- trascurrido desde la revolución bolchevique.

Cien años y cien millones de muertos no han alterado la admiración de los podemitas por la Revolución. ¿Por qué? Porque es un proyecto de poder absoluto que permite todas las fechorías relativas. Porque es una moral que permite cualquier inmoralidad. Porque hace superiores a los que, en todos los sentidos, son inferiores, por el mero hecho de pertenecer al partido, la banda, la mara revolucionaria.

El error de los rojicomplejines

Por eso yerran los maricomplejines y rojicomplejines que piensan que al haber sido pillado Iglesias en una mentira a Snchz, sus seguidores lo abandonarán.

Es justo al revés: verán que es de los suyos. No es sólo que el buen comunista desprecia a los socialtraidores o socialfascistas: es que hacerlo -y disfrutarlo- es un signo de legitimidad.

Lenin repetía que «la mentira puede ser una herramienta revolucionaria» y su pacto con el Káiser para entrar en el «tren blindado» y provocar deserciones masivas en el ejército ruso era una de las cosas de las que se mostraba más orgulloso.

Pablo Iglesias cita siempre al «tren blindado» para justificar las aberraciones morales, contradicciones teóricas o delitos materiales que ha de asumir para llegar al Poder. Por ejemplo, que la teocracia iraní, la que ahorca homosexuales y lapida adúlteras, ese modelo de sociedad para la asaltacapillas Rita Maestre, pague La Tuerka, cuyas jarritas de propaganda regalaba su káiser, el multimillonario comunista Roures en Público.

Las contradicciones están para asumirlas, faltaría más. Y los errejones, para dar ejemplo. ¿No dijo Lenin que «el Partido se fortalece depurándose»? Pues eso. Luego, el líder lo resucita y todavía lo obedecerá con más entusiasmo.

Cuando los veo disfrazados de adolescentes como para ir a una pelea de barrio, recuerdo la canción de Ricky Valens, que seguro que les encanta: «Ahí viene la plaga, / le gusta bailar.»

Pero en vez de plaga, leamos cheka o mara; y en vez de bailar, mandar. Y los venezolanos seguro que, en vez de rocanrolear, leen encarcelar y fusilar. Darían risa, si no dieran miedo. Pero, ojo: cien años y cien millones de muertos los contemplan.

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