José María Carrascal

Una izquierda que encaja perfectamente con el nacionalismo más paleto

Una izquierda que encaja perfectamente con el nacionalismo más paleto
José María Carrascal. PD

Afirma José María Carrascal en su columna de ‘ABC’ de este 11 de abril de 2016 que no está seguro de que los españoles aprovechemos esta larga carrera hacia La Moncloa para enterarnos de lo que nos ofrecen nacionalistas e izquierda:

Barcelona se ha convertido en lugar de peregrinación de nuestra izquierda. Allá fue Pedro Sánchez para entrevistarse vistosamente con el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y, de tapadillo, con el vicepresidente, Junqueras. Luego ha sido Pablo Iglesias, quien reafirmó a Puigdemont su compromiso con el referéndum catalán, para buscar después el acercamiento a las distintas fuerzas que intenta coagular la alcaldesa, Ada Colau.

Como si la Cataluña más soberanista fuese manantial y alivio para la izquierda española. Algo difícil de entender, pues la izquierda original, marxista pura y dura, fue internacionalista. ¿Acaso no lo eran las tres Internacionales (Londres 1864, París 1889, Moscú 1919)?

¿Recuerdan su eslogan «¡Proletarios de todo el mundo, uníos!»? ¿O la definición de Lenin «comunismo es soviets más electricidad»? Enemigos, por tanto, del nacionalismo, «el mayor causante de las guerras».

¡Cómo han cambiado los tiempos! Hoy, nacionalismo e izquierda se dan la mano, se ayudan, se retroalimentan. Están contra la globalización, contra la industrialización, contra la apertura de fronteras, en realidad, contra el progreso. Han convertido la idea original del mundo como «una aldea global» en la vuelta a la aldea, que encaja perfectamente con el nacionalismo más paleto.

De ahí que Iglesias se entienda perfectamente con Colau, que quiere frenar la construcción de hoteles en Barcelona y convertirla, de la ciudad más internacional, en la más provinciana, no ya de España, sino de Cataluña.

Visto desde este ángulo, ya no extraña el peregrinaje de los líderes izquierdistas a Barcelona. Al revés, se encuentra lógico, normal. Tampoco es nuevo. No olviden que Hitler inventó el nacional-socialismo.

Tras su hundimiento, lo creímos desprestigiado para siempre. Pero la izquierda, que al desplomarse el Muro de Berlín dejó al descubierto su incapacidad de elevar el nivel de vida de sus ciudadanos por encima de la simple subsistencia, intenta recuperarse al socaire de la gran crisis de 2008, de la que aún no nos hemos salido. Y encuentra en el nacionalismo el mejor aliado.

Extrema derecha y extrema izquierda cierran filas contra la democracia, la libertad, el derribo de fronteras, los mercados y monedas comunes. Apelan a lo más elemental del individuo, al miedo, al vértigo, a la inercia, que le hacen cerrarse en su tribu, desconfiar del resto, entregarse al primero que atribuya todos los males a otros y alardee de tener la fórmula para arreglarlos.

Ocurre siempre en tiempos de crisis, que son también tiempos de falsos profetas, de vendedores de bálsamos de Fierabrás. De ahí su éxito, al menos de entrada. Incluso en países avanzados, como ocurre en Estados Unidos con Donald Trump, aunque espero que la larga carrera de primarias permita a los norteamericanos conocerle lo suficiente para no enviarle a la Casa Blanca.

Ya no tan seguro estoy de que los españoles aprovechemos esta larga carrera hacia La Moncloa para enterarnos de lo que nos ofrecen nacionalistas e izquierda: ruina y desintegración.

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