Rafael Torres

El estómago de los ladrones ricos

El estómago de los ladrones ricos
Mario Conde ante las cámaras. PD

Decía tener el maestro Gila un tío ladrón que tuvo que dejar el oficio al enfermar del estómago: todo lo que robaba, lo devolvía. Lamentablemente, los pocos millonarios amigos de lo ajeno que en España acaban en la cárcel, están perfectamente del estómago. No devuelven ni los buenos días.

Hay que gente que, por muy incomprensible que sea, prefiere pudrirse en la cárcel que devolver el botín.

Es verdad que la reinserción es difícil al salir de la trena y que se miran malamente los antecedentes penales al buscar trabajo, pero en el caso de los delincuentes ricos no se observan esas dificultades que amargan la ansiada libertad a los delincuentes pobres que la recobran.

Y no se observan por la sencilla razón de que el ratero de guante blanco y despacho de caoba se ha asegurado el producto de sus rapiñas mediante la ingeniería dineraria que conoce, ora en Suiza, ora a través de familiares y testaferros.

O dicho de otro modo: antes de ir a la cárcel, nos han robado, mientras permanecen en ella nos sale su estadía por un ojo de la cara, y cuando salen, como andan bien del estómago, no devuelven nada en absoluto.

Los políticos, empresarios y banqueros que han saqueado minuciosamente las arcas públicas y el bolsillo de los particulares en las últimas décadas no deberían, en los casos de condena a prisión por sentencia firme, salir de la cárcel hasta que no reintegraran el último euro de lo robado, que en algún sitio tiene que estar.

Puede parecer un poco bestia, y acaso lo sea, pero es que lo justo, lo único justo para las víctimas de esos ilícitos, sea la sociedad en su conjunto o una porción de ella, es la recuperación de aquello de lo que fueron despojadas.

¿Qué alegría, ni qué reparación, ni qué consuelo se puede obtener de la mera estancia de nadie en la cárcel? A Mario Conde le han pillado, al parecer, repatriando de Suiza la pasta que se había levantado. Ya la podía haber repatriado antes, pero con destino a sus legítimos dueños, casi todo el mundo por lo que nos costó a los españoles la movida de Banesto.

Habrá que legislar algún día en el sentido de usar la clemencia sólo con los que anden, como el tío de Gila, mal del estómago.

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