Manuel del Rosal García

Las ratas de los ‘Papeles de Panamá’

Las ratas de los 'Papeles de Panamá'
Manuel del Rosal García. PD

«Intermón Oxfan estima que los paraísos fiscales esconden 7,6 billones de dólares» ¿Se imaginan lo que se podría hacer en beneficio de los ciudadanos con los impuestos de estos billones?

«Y tomando – Moisés – el becerro de oro que tenían hecho, lo quemó en el fuego, lo molió hasta reducirlo a polvo y lo esparció sobre el agua, e hizo que los hijos de Israel lo bebieran» Éxodo 32:20

La revista Nature ha publicado lo siguiente: «El 90% de los genes de la rata tienen una correspondencia con los genes humanos». Hace 75 millones de años, en el periodo cretácico, cuando los dinosaurios estaban a punto de extinguirse las ratas y los humanos eran lo mismo, un mamífero primitivo parecido al roedor actual.

En un momento dado ambos linajes se separaron y la evolución se encargó de que, mientras unos no sufrieran apenas modificaciones dando lugar a las ratas actuales, el otro dio origen a los primates, los homínidos y por fin a los humanos.

El genoma de la rata está compuesto por 2.750 millones de pares de bases, algo más pequeño que el genoma humano (2.900 millones).

La diferencia, como podrán comprobar es mínima pero suficiente para distinguir a la rata del hombre, digo distinguir a la rata del hombre porque es esa escasa diferencia la que hace de la rata un ser vivo tan inteligente como el hombre y, además un ser mucho más comprometido con sus semejantes de lo que está el hombre. Es esa diferencia tan pequeña la que hace que la rata común sea mejor que la rata humana.

Y se mesan las barbas y se rasgan las vestiduras cuando sale a la luz toda la mierda que esconden en sus pútridas entrañas. Son las ratas de los papeles de Panamá, las ratas del Foro de Davos que, sarcásticamente, se titulan a sí mismos «club sin ánimo de lucro», las del FMI, las del BCE que, mientras recorría Europa predicando la austeridad, se construía una nueva sede en Frankfurt con un gasto de 1.300 millones de euros, las de las multinacionales, las de la banca mundial, la de los gobiernos que amparan en sus países ese dinero que escapa al fisco, las de los especuladores.

Los que se mesan las barbas y se rasgan las vestiduras son los mismos que esconden el dinero – el excremento del Demonio, como lo definió Giovanni Papini – que ellos defecan, porque mierda es ese dinero que, pudiendo salvar vidas, eliminar el hambre, apagar la sed y mejorar la vida de millones de hombres, mujeres y niños, se pudre en las cloacas y las letrinas de los bancos cómplices de tanta codicia. Estos hombres y mujeres pertenecientes a la realeza, a la nobleza, a las familias de renombre, a la élite empresarial, a la banca, a la política.

Hombres que visten de Armani, calzan de Sebago y viajan en coches de altísima gama cuando no en jet privados; hombres cuyos cerebros carecen de esa minúscula porción que pesa 21 gramos y donde, según los científicos, se asienta el alma.

Y esas mujeres que envuelven sus carnes en finos tejidos, cuelgan de sus cuellos y muñecas joyas de Cartier y calzan zapatos «Manolos», mujeres donde la ternura y la dulzura ha dado paso a la dureza del pedernal y su corazón ha devenido en una caja registradora. Banqueros codiciosos que a nada le hacen asco siempre que venga envuelto en papel de curso legal, financieros con hambre de tiburón para tragárselo todo y a todos, políticos corruptos hasta los glóbulos rojos de su sangre a los que su médico les ha advertido de que no se muerdan la lengua porque podrían morir del veneno de las mentiras que destila.

Son todos los Mossack y Fonseca del mundo, todos los Sigmundur David – primer ministro de Islandia -, todos los Almodóvar que ponen una mano para pedir subvenciones al cine mientras con la otra desvían el dinero hacia paraísos fiscales; los especuladores de las materias primas que con un solo gesto pueden llevar al hambre a millones de personas…en fin, una lista interminable de ratas humanas mucho más dañinas y perniciosas que las ratas comunes. Y son estas ratas las que cuando el incendio que causan con sus tejes manejes financieros sale a la luz, se reúnen y prometen hacer leyes para apagarlo

¡Cómo coño puede el pirómano apagar el fuego que el mismo ha provocado! ¿Y las leyes? Ya sabemos cómo son las leyes de las que se dice que se asemejan a las salchichas, porque para tragárselas lo mejor es no ver cómo se hacen.

Se mesan las barbas y se rasgan las vestiduras como los escribas y fariseos mientras llevaban a Jesús al Calvario. Sepulcros blanqueados relucientes por fuera y podridos en su interior, un interior cuyo olor, que emana del trabajo que allí realizan las larvas, los gusanos y las moscas, es imposible de soportar. Estas ratas lo saben, saben que, aunque su dinero no huele, ellos si emiten efluvios pestilentes, por eso se bañan en aguas perfumadas y rocían sus cuerpos con colonias carísimas para ocultar el nauseabundo olor que sale de sus cuerpos corrompidos por la codicia.

Nunca en el mundo ha existido tanta riqueza y tan mal repartida, y nunca como ahora los hombres y mujeres han adorado tanto el becerro de oro; tanto que algunos ni bebiéndolo – como los israelitas – se siente saciados.

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