Víctor Entrialgo de Castro

Liberalismo esperanzador

Liberalismo esperanzador
Víctor Entrialgo de Castro, abogado y escritor. PD

El término» liberal», creado por las Cortes de Cadiz 1812, es una de las mayores contribuciones españolas a la ciencia política.

Pero no debe uno cansarse de repetir las cosas importantes y una es recordar con Marañón, cuantas veces sea menester, que ser liberal, exige sencillamente dos cosas: una, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otra manera.

Y dos, no creer que el fin justifica los medios sino que son los medios los que justifican el fin. Parece sencillo, pero no lo es. Ser liberal, sería así hoy sinónimo de ser demócrata.

Según lo anterior y a la vista de las próximas elecciones ¿Cuantos de los actuales okupantes y aspirantes al gobierno de España, en virtud de listas por ellos confeccionadas, no por el pueblo español, cumplirían estos dos requisitos? No parece que muchos de los habitantes de nuestro «hemicirco»,

A los dos requisitos anteriores yo añadiría también el «derecho a cambiar de opinión» siempre que no sea exclusivamente por interés, sino por experiencias o por haber llegado a una nueva conclusión. No creo en muchos más discursos políticos y creo en las personas, hasta que dejo de creer. En el género humano siempre.

Pienso más que creo, que el intento de separar la actividad y política económicas, de la acción social del Estado y no en su interferencia continua, como sucede ahora, podría contribuir al progreso social.

Se trata de que la economia funcione sin excesivas trabas, sin intervencionismos y que de este modo, con los buenos resultados de una economía libre, el Estado pueda dedicarse concienzudamente a atender la cobertura de las auténticas y urgentes necesidad sociales. De todas, pero de «las auténticas».

No de aquellas que pasan por serlo y detraen recursos siempre escasos a las verdaderas necesidades. No de las de la burocracia política sobrante. Porque en esa confusión de ambas esferas se generan las ineficiencias y se da lugar a las grandes corrupciones.

Roger Coen acaba de escribir en «The New York Times», el pasado 14 de abril » la muerte del Liberalismo». En su opinion Fukuyama con «el fin de la historia» cantó victoria antes de tiempo porque nacionalismos y populismos le estarían hoy desmintiendo.

Pero Fukuyama escribe en 1989, con la caida del muro de Berlín, que se ha llegado al «final de la historia», no porque la democracia liberal no vaya a sufrir ataques, sino porque es un punto de no retorno y será en adelante el fiel de la balanza, el punto de referencia, al que habrá que volver siempre tras los intentos de separarse de él por parte de nacionalistas y populistas en su afán de conseguir el poder.

El fin de la historia con el triunfo de occidente y la democracia liberal que proclamó Fukuyama, no impide que broten autoritarismos,y nacionalismos de nuevo cuño que tienen su explicación en la condición humana durante las crisis económicas y la necesidad freudiana de la figura del padre o del Estado, que se exacerba con la indefensión, el miedo, la inseguridad, inoculados por los propios populismos de derechas, como Donald Trump, o de izquierdas, como Podemos, ejemplos de búsqueda de un padre, un Estado o como escribió Paul Bowles, un cielo protector.

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