Fernando Jáuregui

España: Cuatro meses, un día y otras penas

España: Cuatro meses, un día y otras penas
Fernando Jáuregui. PD

Se han cumplido ya los cuatro meses (y un día, como una pena de prisión menor, que puede ir a mayores) desde que se celebraron las elecciones legislativas. Desde entonces, hemos tenido un Gobierno en funciones y varias oposiciones también en diversas funciones, sin que ni uno ni otras hayan funcionado, a mi juicio, satisfactoriamente.

En estos meses de pasión han resurgido escándalos de corrupción, hemos visto diversas piruetas de las formaciones políticas, nos hemos encontrado con ambiciones sin cuento y con la sensación de que lo último que moviliza a quienes quieren ser nuestros representantes es la paz y el bienestar de los ciudadanos, que parecen haber perdido toda confianza en ellos.

Siento tener que decirlo, porque respeto mucho a todo aquel que consigue aglutinar unos millones de votos, pero la verdad es que no han estado a la altura y ellos mismos han hablado del «fracaso colectivo» -más colectivo para unos que para otros- que significaría tener que repetir las elecciones, que es a lo que estamos ahora abocados.

Me disgusta que ‘ellos’ se amparen en eso del ‘fracaso colectivo’. Yo, la verdad, más allá del humilde papel que le corresponde a un comentarista político, no sé en qué he fallado, si no es en algunas previsiones derivadas de la loca dinámica en la que se nos ha metido, plagada de duchas escocesas, de donde-dije-digos-digo-diegos, de ‘y cuando digo jamás, quiero decir hasta esta misma tarde’, y de extraños, pero que muy extraños, compañeros de cama intentando ‘menages a trois’ verdaderamente imposibles. Parecía a veces el juego de las sillas, o el patio de un colegio.

Contemplo ahora esas elecciones que sí, son un fracaso colectivo de ellos y no tanto mío o de usted, como una oportunidad, llegados a esta altura. Antes eran lo peor y ahora, para que vea usted hasta dónde han llegado las cosas, las veo como lo mejor. Mejor que un pacto ‘contra natura’, que sería la suma de dos o más programas incompatibles y de dos o más ambiciones desbocadas, que degeneraría en la pelea de dos -o más- gallos en el gallinero.

Han dicho que interpretaban la voluntad de los electores y no puede ser menos cierto: seguro que los electores no queríamos esto que tenemos, esta parálisis, esta frivolidad, este peligro de fragmentación social.

Ya solo me queda pedir que, en los dos meses que ya casi irremisiblemente nos quedan hasta las urnas, al menos limitemos daños. Que se haga una campaña sin dispendios, sin ‘mailings’ ni banderolas en farolas, sin insultos en los debates, con promesas electorales que vayan a cumplirse formalizadas ante notario.

Y advirtiendo a los votantes acerca de quién va a pactar con quién, hasta dónde y para qué. Quizá así nos evitemos sorpresas, ya que a las elecciones concurrirán los mismos que nos metieron en ellas, manda carallo.

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