Santiago López Castillo

Llueve, ¡Porco Gobierno!

Llueve, ¡Porco Gobierno!
Santiago López Castillo. PD

El día ha amanecido lluvioso, persistente, tenaz, con el mirlo rebrincando en cánticos y bendiciendo la reconfortante agua bendita, que para los meteorólogos urbanitas es signo de mal tiempo. Esta misma mañana me ha amanecido -mediante mensajero- un libro del insigne poeta y amigo Alejandro López Andrada, tamboril de sensaciones y palabras, enamorado del campo, su campo de los Pedroches, terruño de encinas y marranos, la natal Córdoba. Ibérica. Abro su obra en prosa que es pura poesía, verso a verso, y me pongo a pasear por su vida vivida y dividida en las cuatro estaciones del año. Sus pasajes me recuerdan los descubrimientos de mi penúltima o última etapa de la vida. Guadalajara, esa bella desconocida y la sierra vivificadora de Madrid. Es la Naturaleza, amigo.

El vate, en sus relatos, esas cuentas de rosario con que se compone su última obra,»Entre zarzas y asfalto» (Ed. Berenice), López Andrada nos muestra el campo rural en toda su dimensión. Podría decir, sin comerme la mollera, que la descripción de su minúsculo y descriptivo y original diario en papel está entre el cielo y la tierra, entre lo tangible y lo inimaginable. Su lectura bien vendría para que los políticos se amansaran y arrinconaran el discurso, esa traidora herramienta que va unida a la sonrisa para dar gato por liebre al oyente.

Las abdicaciones políticas, aun no las deliberadas, suelen pagarse muy caras y son pocos los políticos que pueden aguantar el dispendio que supone. La nación lo está pasando francamente mal y los salva patrias se las ingenian para culpar a cualquiera que pase por su lado o al que vean en lontananza. Así se decanta la oposición en funciones con el Gobierno en funciones que mejor estaría colgado de la catenaria, dicen. Y a eso lo llaman política de Estado, morro. Qué razón tenía Churchill cuando afirmaba que «sólo me fío de las estadísticas que he manipulado». Ahora hacen su agosto los sondeos de opinión según convenga, a la medida. Ah, y el culpable de que llueva también es el Gobierno. Aunque este en funciones…

Menos mal que aun quedan los poetas para sublimar lo cotidiano y natural: «Son de abril las aguas mil. / Sopla el viento achubascado, / y entre nublado y nublado, /hay trozos de cielo añil». Ayer era Machado y hoy, por ejemplo, es López Andrada, quien deja vagar su mirada por los espacios abiertos, «oída la voz fraterna de los ruiseñores…y la claridad se hace palabra, trigal bajo la noche más sombría».

Hacen falta, pues, más líricas y menos discursos cerriles y vengativos.

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