Charo Zarzalejos

Majoy y Puigdemont guardando las formas en Moncloa

Majoy y Puigdemont guardando las formas en Moncloa
Mariano Rajoy y Carles Puigdemont. EP

Hay quien sostiene que el encuentro en Moncloa entre Rajoy y Puigdemont ha sido el peor acto de campaña del Presidente del Gobierno en funciones.

Es posible que así sea pero, en cualquier caso, no ha sido mala idea que ambos responsables políticos mantuvieran una larga conversación sabiendo de antemano la discrepancia insalvable que supone la famosa consulta impulsada por los independentistas catalanes. Ambos sabían que de este encuentro no iba a salir nada concreto.

Un Gobierno en funciones no tiene capacidad alguna para entablar negociaciones -otra cosa son tomas de contactos- con ninguna autonomía.

Aún así, el encuentro se celebró y ha servido, que no es poco, para propiciar un cierto respiradero en unas relaciones hasta ahora absolutamente gélidas y marcadas por constantes encontronazos.

Después del tiempo inédito que han supuesto estos meses invertidos en la búsqueda de acuerdos que han resultado imposibles, el que en algún rincón de la política española se haya encontrado un hueco para una mínima cortesía es algo que no desprecio. Y es que en política las formas son tan importantes como el fondo.

Si las formas se rompen, si se establece el hielo y la descalificación entre quienes tienen la obligación de hablar aunque solo sea para reafirmar la discrepancia, poco cabe esperar. La consideración al adversario debería ser una constante, un mínimo exigible a quienes tienen la obligación de una cierta ejemplaridad.

Puigdemont y Rajoy han salvado las formas y ninguno de los dos ha perdido nada. Al contrario. El mero hecho de pensar que son capaces de hablar no deja de ser un alivio en medio de un panorama que ha dejado a la opinión pública absolutamente exhausta y mas cuando se trata de un asunto de envergadura como es el «asunto catalán».

Acto electoral o no, lo cierto es que ya estamos en campaña y no tardaremos en comprobar cómo los adversarios políticos caen en la tentación de la descalificación que a nada conduce, que nada aporta y que nada propone.

Vienen tiempos en los que no va a faltar la tensión. La pugna va a ser especialmente dura y difícilmente soportable después de cuatro meses como los que hemos vivido. No estaría mal que nuestros responsables políticos tomaran un poco de aire. Lo necesitan. Tomar aire para volver a la pugna con una pizca de serenidad para que no nos distraigan con frases gruesas, con titulares efímeros.

Ir a unas nuevas elecciones no debe considerarse un fracaso. No hay que fustigarse más de lo necesario. La política tiene estas cosas. Lo que parece razonable se presenta como imposible y se busca lo imposible rechazando lo posible.

Ojalá todos hayan aprendido algo, hayan sacado alguna lección de este limbo político en el que hemos vivido durante cuatro meses. Por todo ello y quizás por la necesidad de encontrar de un hueco por el que entre un poco de aire, de sosiego, da igual que el encuentro en Moncloa haya sido o no electoralista. Menos es nada.

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