Francisco Javier Gonzalez Rojo

Otro modelo de proponer Gobierno

Otro modelo de proponer Gobierno
Democracia, elecciones, partidos políticos. Maximino Soriano.

Las dificultades para formar Gobierno en España tras las últimas elecciones denuncian la incoherencia entre organización política y realidad sociocultural o que el actual proceso electoral para designar Gobierno no es el más acorde para resultados electorales en los que no se conformen mayorías aun con un sistema orientado al bipartidismo mediante el cómputo electoral y, más, cuando la política española tradicional y culturalmente no está acostumbrada a negociar; por otra parte, esas carencias no las han suplido los dos grandes partidos facilitados por la transición tras la dictadura por su falta de democracia interna. Porque España, España, esta nuestra España nuestra, está a menos de medio siglo de la dictadura y a más de dos siglos de la democracia.

La España históricamente dividida y bipartida, la España rencorosa y vengativa, la de las dos Españas es de todo menos bipartidista y, además, sin práctica ni disposición para la negociación; y los partidos políticos, los partidos son herederos directos de la dictadura y del autoritarismo que han incorporado a su funcionamiento interno imposibilitando el bipartidismo.

Ah si en los dos grandes partidos los cargos, las listas y los puestos se hubieren propuesto desde abajo y no ofrecido desde arriba y si las propuestas y programas se hubiesen elaborado desde la base y no impuesto desde lo alto…

Si los programas se hubiesen debatido en procesos de primarias o, si se prefiere y pudiere, en procesos asamblearios, las distintas corrientes o tendencias tanto ideológicas como programáticas o de política socioeconómica o funcionales es más probable que se hubiesen cobijado en torno al espectro político de dos grandes partidos representativos de las quizás mal llamadas izquierdas o derechas y hasta, quien sabe, hubieren cabido los nacionalismos; por contra, esa oligarquía partidista procrea nuevos partidos como alternativa y, para colmo, el atavismo centralista ha cultivado separatismos como repulsa frente a convencimientos de identidad voluntarios a mayores de despoblación y empobrecimiento para el resto.

En España esa autocracia secular ha forjado culturalmente unas conductas sociales reaccionarias, actitudes subjetivas e individualistas y egoístas en vez de percepciones objetivas y actitudes colectivas, además de enfrentamientos; los absolutismos bipolarizan la sociedad en bandos de defensores y detractores y como resultado el odio, la imposición, la imposibilidad de acuerdos, la España de guerras civiles y la España subjetivista. Y poco hay tan destructivo como el odio, idiosincrasia tan enemiga del sentido social y común.

Por ello, es más plausible reparar los desperfectos cambiando en España su sistema organizativo institucional democrático a que se arreglen los partidos políticos negociando; aunque la Política, la Política tenga mucho, mucho de negociar. Pero la cultura, para descastar la cultura se requiere el paso de generaciones.

Por eso para reformar España y para remediar aquello hay que recurrir a instrumentos objetivistas, instaurar e institucionalizar la objetividad; para entretejer España es determinante el rediseño de su sistema de Gobierno, el proceso de elección y su composición.

Si se visitan las encuestas, entre los pecados de la España política se encuentran la politización de sus instituciones, las tensiones territoriales separatistas y la baja valoración de los dirigentes políticos; y esas, esas pueden considerarse deficiencias democráticas relativas a la organización de su sistema político que se deberían solucionar adaptando sus procesos organizativos a esas necesidades.

La constituyente democracia española, prefirió un modelo parlamentarista para elegir presidente del gobierno que uno presidencialista más consecuente con una representación bipartidista y sin embargo instauró un proceso electoral favorable al bipartidismo; y otra incongruencia, a quien dirige a los ministros se le denomina Presidente cuando lo más acertado, por ello, hubiese sido otro como Delegado Parlamentario, si bien más correcto debiera la de Jefe del Ejecutivo.

Si las instituciones se han politizado, si el legislativo acaba con el amén al ejecutivo y si se quiere avanzar en gestión y democracia, habrá que diferenciar ideología y pragmatismo, separar administrativo y legislativo, ejecución y control.

Si se pretende una España descentralizada, a la designación del Ejecutivo habrá que incorporar la representación territorial. Si en la política no participan y a su dirección no llegan los mejores, por el deficiente ejercicio democrático y porque los políticos se han encargado de su propio desprestigio, habrá que buscar los administradores en otro sitio.

Y si por cultura es difícil negociar y cuando la España que se parte es por la saña y si el bipartidismo es improbable por falta de democracia interna en los partidos, España ha de encontrar otro camino de formar Gobierno o, mejor, de administrase. Y por imaginar y por cambio y por progreso y aunque fuere por copiar, copiar de un modelo similar a las empresas, con la creación de un Consejo de Administración como organismo del Legislativo intermedio con el Ejecutivo que propusiera orientare y controlase al Jefe del Ejecutivo en el que estuviesen representadas proporcional y dominicalmente las corrientes idearias de los partidos con asiento en el Parlamento y como consejeros externos pudiera estar la representación territorial e incluso algún independiente; y, por qué no envidiar la forma societaria de las empresas si las organizaciones empresariales, hoy por hoy, son los sistemas organizativos más estudiados y desarrollados en el mundo y, al fin y al cabo, intentan ser eficaces y eficientes antes que dañar el beneficio.

De otro modo aun redundando, las elecciones legislativas serían para lo que debieran, elegir el legislativo sin conllevar asociado la elección de Presidente del Gobierno sino un Consejo de Administración Gubernamental; se trataría de un órgano instrumental cuyos integrantes representasen la composición del legislativo, tanto del Congreso como dando entrada a la representación territorial (a través de un Senado reformado), entre cuyas funciones estaría la de proponer a alguien de prestigio contrastado para la formación de lo que se conoce como Gobierno, con lo que se conseguiría una mayor despolitización en favor de la gestión y evitar vacíos de poder como actualmente y repetición de elecciones al Parlamento, y, así, absolver los tres pecados de esta nuestra España nuestra antes confesados. Y a pesar de que la política practicada a la española sea aversa a lo complejo, tendría que disponer para su cura de un modelo en tal sentido.

¿Cómo ser progresista ignorando tu pasado? La Historia y la Cultura de una Nación están para analizarse y conocerse y el presente y el futuro para actualizarlas y mejorarlas no para despreciarlas u olvidarlas.

Y ¿existe la política conservadora? La política debiera ser continuamente renovadora y cuantas veces innovadora, pero la España política es, sobre todo, manipuladora y tergiversadora; y la Constitución, la Constitución es como un Libro Sagrado que no se debe manipular ni desprestigiar por ningún interés ni disculpa ni ocurrencia político partidista, mas por su aplicación terrenal, cómo no ha de necesitar como esta no una sino más enmiendas, pero para enmendarla se ha de deber a causas con fundamental trascendencia político social, y para tal, como mínimo se debiera requerir un Concilio Nacional.

Y, ¿acaso los presidentes de los partidos políticos se consideran los mejores para dirigir a España y su Gobierno?

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