Santiago López Castillo

Otegui, nada original

Otegui, nada original
Santiago López Castillo. PD

Escribir sobre Otegui no es nada original. Tampoco llamarle criminal, habida cuenta de que fue juzgado y sentenciado, cumplida condena e inhabilitado para cargo público. No obstante, algunos colegas anteponen el «presunto» al calificativo no fuera a ser que el terrorismo caiga en manos de uno de esos jueces que a cualquier cosa o mala hostia llaman «libertad de expresión». La originalidad, en fin, está en esa escoria que invade los ayuntamientos y el Parlamento y que ensalza a este «hombre de paz» (loor y gloria a Zapatero, cuánto daño nos has hecho), cuyos egregios votantes exhiben la mentecatez y la ignorancia.

Mas estamos en un Estado garantista, laxo y huevón, ancha es Castilla y no digamos el País Vasco, dígase Vascongadas, sin complejos, donde los extorsionados son los pacificadores del «problema». Echo de menos al Gobierno de la nación, a la Justicia, blandengue, mami blue, y a una sociedad cobardona que se pliega ante los matones «emergentes». Qué no decir de los miles de manifestantes aborregados que piden la excarcelación de los asesinos, entre ellos el Coleta, que quería ser ministro del Interior, «presoak kalera» o como se diga. Sin olvidarnos del Parlamento Europeo que un día abre sus puertas con galantería a los etarras de Herri Batasuna, siendo maestro de ceremonias ZP, y hoy, por el martes, permite que el amigo de los asesinos, Otegui, eche espumarajos por la boca y nadie tuvo los santos cojones de darle un puntapié parea que cayera rodando por las escaleras abajo.

Pero, claro, Bruselas no se percata del terrorismo hasta que lo tiene dentro, en casa. Conviene recordar -aunque sea sólo de memoria- que en varias ocasiones el gobierno belga no extraditó a España a unos cuantos asesinos de la banda, convictos y confesos, y allí se quedaron, a vejetar, en la Grand Place. Llegó a pasar igual, con anterioridad, con Francia hasta que sus políticos vivieron en sus carnes el terrorismo criminal de ETA, santuario durante años de la serpiente sanguinaria vasca, San Juan de Luz y aledaños.

Resulta sorprendente (la «pacificación» la inició el ínclito Rodríguez Zapatero, continuada por el fraile motilón de Rajoy) que los asesinos de novecientas víctimas mortales sean jaleados por esa troupe de podemitas y demás franquicias sin que la fiscalía del Estado ponga sus cojones ante continuas apologías del terrorismo.

Y como diría Francisco de Quevedo y Villegas, donde hay poca justicia es grave tener razón. Me quedo, inane, con ello.

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