Santiago López Castillo

El lametón de un perro

El lametón de un perro
Santiago López Castillo. PD

Después de tantas tontunas, que decía mi madre, he llegado al convencimiento de que el personal anda ocioso, suelto de tripa o que le falta algún sentido. Por muy profesor que se sea de la Universidad British de Columbia (Canadá), el cargo no es incompatible con la estupidez, mentecatez o memocracia. El psicólogo Stanley Coren viene a afirmar y afirma que no se debe abrazar a un perro y menos darle besitos en la cabeza y, por supuesto, en los morros. Quienes me conocen y saben de mi amor por los animales, especialmente los cánidos, tras la conversación o correspondencia entabladas, me mandan achuchones para mi inigualable golden «Niebla», amor infinito. Expresión que acuñé a fuego lento y de la que se apropió, es un decir, Benedicto XVI -la intelectualidad de la Iglesia- al que finalmente no voy a denunciar por plagio y siempre teniéndolo en cuenta en mis oraciones.

El cariño de un perro es inconmensurable, incomparable. Salva seres de los escombros por un terremoto, un derrumbamiento, y resucitan a un muerto. Qué no decir, asimismo, de la detección de drogas en los aeropuertos y la incansable búsqueda de desaparecidos. Ahí están las unidades caninas de la Policía y la Guardia Civil. Cuando servidor dirigía y presentaba «Parlamento» invité al director general de la Benemérita pero con la condición de que viniera acompañado por sus perros-policía. En efecto, Santiago López Valdivieso, nada qué ver conmigo, gran amante de los canes, eso sí, trajo al plató cuatro bellezones de pastor-alemán, que conservo en fotos.
Algunos ignorantes dicen que estoy loco, bendita locura. Mi «Niebla» es el claro exponente del cariño. Cuando publiqué mi novela «Canela», basada en una maravillosa spaniel, Eduardo Chamorro, en la crítica, me lanzó el mayor piropo de mi vida: «Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero yo doy fe de que Santiago es el mejor amigo de los perros». Y ahora te sale este zurupeto de psicólogo canadiense con que abrazar a un cánido produce estrés o es cuatro al animal. Díganselo a esos niños con deficiencia mental o a esos ancianos que rebrincan la vida con el aliento de un perro. Impagable terapia.

A la hora de hacer el testamento, todo llega, sólo tengo clara una cosa: la herencia para los perros. Amor, impagable. A los de dos patas, incluidos miembros de la familia, patadas en los cojones, los que los tengan.
Cela, mi gran amigo, cuando se murió «Pascual», un yorks-hire diminuto, escribió una bella necrológica en ABC en la que decía, entre muchas cosas: «… fue mi mejor amigo. Era un paladín sentimental y minúsculo al que tanto quise».Y remata servidor, sin intención de sobrepasar al Nobel: nos dan la vida.

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