Manuel del Rosal García

El alma pesa 21 grabos y espera a que el feto tenga 49 días para penetras en él

El alma pesa 21 grabos y espera a que el feto tenga 49 días para penetras en él
Manuel del Rosal García. PD

Parece ser que cuando morimos nuestro cuerpo pierde 21 gramos de peso en el mismísimo momento en que expiramos nuestro último aliento de vida.

Esos 21 gramos, según algunos científicos, están dentro de las intrincadas circunvalaciones de nuestro cerebro y afirman que esa pequeña porción de materia gris es el alma. Para semejante afirmación se basan en que los animales no pierden peso en el momento de la muerte, ergo: el hombre tiene un alma de la que carecen los animales.

Rick Strassman, científico norteamericano, afirma que el alma entra en el feto a los 49 días de ser concebido; lo hace a través de la glándula pineal que, curiosamente, se hace visible en el feto a los 49 días. Parece ser que también los órganos sexuales aparecen ya definidos cuando se cumplen ese número de días.

Yo creo que el alma existe, lo que no se es que forma adopta, si es que adopta alguna forma, ni si está situada en el cerebro, ni si pesa 21 gramos, ni si entra en nosotros a los 49 días de ser concebidos. Pero creo en el alma y también creo que está dentro del hombre…de algunos hombres. Creo también que en el momento en que el feto cumple los 49 días, algunos de ellos no están presentes a la llegada del alma, por lo que carecen de ella. Estoy seguro que, si pesaran los cuerpos de esos hombres y mujeres a los que se les llama «desalmados», comprobarían que, como los perros, no pierden en el mismo momento de último suspiro, los 21 gramos del alma porque, sencillamente, siempre carecieron de ella.

Vamos a dejar a un lado las especulaciones metafísicas de los científicos. Los científicos son esos señores y señoras a los que, muchas veces los árboles no les dejan ver el bosque. Vamos a entrar en la religión, algo que, la mayoría de las veces está reñido con la ciencia, aunque ya Einstein avisó de que la ciencia cada vez le acercaba más a Dios. El Génesis puede hacernos comprender desde la óptica de la Fe – algo también denostado, pero que a veces mueve montañas – lo que puede ser el alma, donde puede estar situada y como entró en nosotros.

Génesis 2:7 «Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente» La glándula pineal está situada en el cerebro más o menos frente a las fosas nasales, es decir que Dios insufló su aliento de vida en la pineal o creó esta glándula para que el hombre estuviera revestido de «alma»; recordemos que Dios, cuando creó al hombre, lo creó diferente a los animales.

A veces, lo que hemos dado en llamar religión puede que encierre una sabiduría ancestral perdida en la noche de los tiempos, que toda la ciencia actual no es capaz de desentrañar. Puede que el alma esté ahí desde los albores de la humanidad y que, conocida por los hombres al principio de los orígenes, se haya perdido su conocimiento por la deriva hacia lo que se ha dado en llamar progreso. Debemos recordar que los lamas tibetanos hablan del «tercer ojo» situado precisamente en la frente, entre las dos cejas y totalmente enfrente de la glándula pineal.

Los tibetanos hablan de cómo, a través del tercer ojo, se alcanzaba el conocimiento de la ciencia y de la vida. Borges habla en su libro El Aleph de un punto, al que da ese nombre, que le permite a quien logra mirar a su través, alcanzar toda la sabiduría del mundo. Los tibetanos añaden que, en el devenir de la vida, los hombres han ido perdiendo muchas facultades y casi todos los instintos, sustituyéndolos por la técnica y las tecnologías, hasta tal punto que ahora somos ciegos y sordos en comparación a como éramos hace millones de años.

Repito, creo en el alma porque si no existiera, el hombre poco o muy poco se diferenciaría de los animales, pero también creo que en el momento en que el soplo de vida de Dios – a los 49 días de ser concebido un ser humano – va a entrar en el hombre, muchos de ellos se encuentran ausentes por lo que ya nacen sin alma, sino cómo explicar que en el mundo haya tanta injusticia si no es porque el número de desalmados y desalmadas es casi infinito.
Manuel del Rosal García

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