José María Carrascal

Siendo los españoles mucho más tradicionales de lo que presumimos, en junio elegiremos la cautela

Siendo los españoles mucho más tradicionales de lo que presumimos, en junio elegiremos la cautela
José María Carrascal. PD

NADA ilustra mejor el desbarajuste que reina en la política española como la reacción de los principales partidos a la última encuesta del CIS: los cuatro se presentan como ganadores. Algo, material y racionalmente, imposible.

Basta ojear las cifras para darse cuenta de que PP y PSOE han retrocedido, y Podemos mucho más; y aunque Ciudadanos avanza, es el más amenazado tras su aventurilla con el PSOE, si el PP recupera los votos que le prestó. O sea, todos mienten, como acostumbran, por lo que no hay que escandalizarse. Pero refleja algo más serio que un hábito: todos ellos tiemblan ante el 26-J.

Con buenas razones, pues ninguno sabe qué va a ocurrir y las posibilidades van desde que todo siga más o menos igual a que alguno o varios sufran un revolcón.

PP y PSOE parece que conservan la fidelidad de su núcleo, pero el segundo se ve amenazado de frente por «la derecha» y por la retaguardia por la «nueva izquierda», que, de cristalizar el pacto Podemos-IU, podría incluso superarlo en votos, un auténtico cataclismo no sólo para Pedro Sánchez, sino para el partido, ya en la senda de la irrelevancia, como los socialismos griego e italiano. Pero no crean que sus rivales del mismo bando tengan ante sí un camino de rosas.

De sellarse el pacto, Podemos perderá su atractivo de «nueva izquierda», asumiendo el lastre de represión y sangre que desde la Unión Soviética a Corea del Norte, pasando por China y Cuba, acompaña al comunismo tradicional. Mientras, IU arriesgará ser fagocitado por un Podemos sometido a los excesos, desplantes y caprichos de Pablo Iglesias, que ya empiezan a pasarle factura. En cuanto a Ciudadanos, ya apunté que asumir la táctica del cuco -poner los huevos en nidos ajenos- puede dejarle sin crías y sin habitáculo, como suele ocurrir a los demasiado listos.

Todo va a depender de cómo sean las nuevas elecciones: una repetición de las anteriores o algo completamente distinto. El 20-D prevaleció el voto de protesta, de indignación, de castigo a los partidos tradicionales y premio a los emergentes. ¿Se mantendrá el 26-J? En ese caso, obtendremos unos resultados prácticamente iguales, obligándonos de nuevo a votar.

Pero si en los seis meses transcurridos el electorado ha constatado que no existe mucha diferencia entre los viejos partidos y los nuevos, de lo que hay abundantes indicios, la doble indignación puede originar resultados tan violentos como imprevisibles, desde la repetición de una holgada mayoría del PP a un gobierno de extrema izquierda.

Mi instinto me dice que, siendo los españoles mucho más tradicionales de lo que presumimos y menos revolucionarios de lo que aparentamos, tras haber descargado los malos humores en diciembre, en junio elegiremos la cautela. Aunque alguna sorpresa habrá. Concretamente, para quien no sepa leer el ánimo del electorado o se equivoque en la campaña electoral. ¿Y si se equivocan todos?, me preguntarán. Entonces, los equivocados seríamos nosotros.

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