Javier De Lucas

De la decepción y sus consecuencias

De la decepción y sus consecuencias
Javier de Lucas. PD

Hay pocas experiencias en la vida más dolorosas que la decepción. A partir de ella, y aunque no seamos plenamente conscientes de sus consecuencias, transcendemos, aun sin darnos cuenta, la existencia fuera del mundo en el que se ha dado la experiencia de la frustración. Al fin y al cabo, como vendría a decirnos Jaspers, la transcendencia es una «cifra», un «lenguaje» del que se sirve nuestro ser transcendente para refugiarse en un mundo fuera del que se ha producido la imposibilidad de lo que esperábamos. En realidad, la decepción frustra la libertad limitada que nos ofrece este mundo.

Mas, si hablamos de la decepción reiterativa, se produce un daño aún mayor porque se crea un estado de desesperanza por la experiencia de la imposibilidad, en situaciones límite. Dicho de otro modo: la decepción, la frustración, no deja de ser un fracaso ante la imposibilidad de la experiencia existencial de la verdad que esperábamos.

Ocurre entonces, que creamos un sustituto [objeto, creencia, ideal, etc.] como superación de la decepción, con la falsa esperanza de poder abstraernos de lo que nos causó aquella decepción. Y es que el fracaso produce un grado tal de angustia que, los seres humanos disponen de mecanismos psíquicos de defensa para atenuar, en mayor o menor grado, el daño que convivirá en nuestro interior, aun haciéndonos creer que ese daño ya está reparado.

Con todo ello, la transcendencia se convierte en la expresión máxima de la no objetividad; sin que, a su vez, tampoco lo sea de la subjetividad.

Adoptamos entonces la transcendencia como recurso de consuelo ante tantos fracasos. Consuelo cuyos símbolos puede ir desde la dependencia del futbol, de doctrinas religiosas, de ideologías políticas, de aislamiento individual… Al final, todo alberga un deseo de venganza y de revancha sin duda legítima por el hartazgo de generaciones y generaciones «mártires» del desarrollo, cuyo futuro se resume en sueldos en régimen de esclavitud, que, dicho por el presidente de la CEOE sin la mínima pertinencia, «habrán de ganarse día a día»: he ahí el nuevo y próximo proletariado de 2017, justo un siglo después de lo que cambió el mundo, o al menos lo intentó. Expresiones tan desafortunadas son demoledoras para el futuro de la juventud. Pongámonos en su lugar, y a lo mejor entendemos que cualquier alternativa que les plantee un nuevo político es más que suficiente ante tanta desesperanza.

Y esta es la decepción, el fracaso, que aboca a nuestros jóvenes a una vida deprimente y angustiosa; y cuya única esperanza de felicidad es la transcendencia fuera del mundo real. Transcendencia que por ser ilusoria no aporta solución alguna al problema; porque nadie puede sustraerse de la realidad existencial y cotidiana, ya que como decía Avicena: «el ser es lo que en primer lugar cae bajo el alcance del entendimiento». Y la decepción es un afecto indisociable del carácter ontológico; siendo, por tanto, ineluctable del entendimiento.

Quizá por todo esto entendamos ahora como transcendencia ante la decepción, que la libertad de expresarse cosiste en el todo vale, que la opinión es libre se opine de lo que se opine. Y no deja de ser un grave peligro, porque cuando se llega a ese extremo es que algo importantísimo se ha hecho muy mal reiteradamente, con lo que no se hace más que reiterar la decepción y el fracaso.

Hemos hecho un mundo en el que todo está hilvanado con apariencia de verdad positiva, para sustraernos de la fragilidad de la que pendemos. Hemos construido un mundo de falsas expectativas, de promesas vanas y de futuros inciertos; un mundo en el que la mentira se ha convertido en la única verdad, y de la que sólo podemos albergar dos alternativas: seguir huyendo hacia adelante, o hacer tabla rasa y volver a empezar de cero. La huida hacia adelante no ha de resultarnos nada nuevo si echamos un vistazo poco más de un siglo atrás; porque, esta crisis [prefiero llamarla depresión] tan traída y llevada, que dicho sea de paso es una crisis holística, no se ha producido tan solo por una burbuja inmobiliaria, ni por la guerra de turno, ni por el creciente avance del islamismo, ni por un sinfín de causas que han contribuido a empeorar, de forma insidiosa, una situación sociopolítica llena de lañas, cuya precariedad siempre afecta a los mismos, a los más débiles.

La realidad actual comienza con la revolución industrial a finales del XIX, para ir empeorando en cada repunte de la crisis del momento (pero esto será para otro momento). Desde entonces hasta hoy hemos ido de fracaso en fracaso, de decepción en decepción. Y al abrigo de tanta desesperanza nacen los radicalismos sabiendo que son bienvenidos para una juventud sin libertad para afrontar ni su independencia ni su futuro. Una sociedad que ofrece a sus generaciones venideras este panorama vergonzoso y vergonzante, es una sociedad enferma, y debería reaccionar urgentemente para evitar lo inimaginable.

Esta situación ha llegado a ser precisamente porque venimos huyendo hacia adelante desde hace muchas, muchas décadas; porque, no nos engañemos, lo que llamamos progreso lo ha sido principalmente para las clases más favorecidas, mientras que las más desfavorecidas no han hecho más que ir a rastras de los más pudientes. Y esto lo podemos ver con meridiana claridad si extrapolamos el problema a la Eurozona, que tan de cabeza nos trae a los países más pobres. Porque otra realidad que no queremos aceptar es que somos un país pobre, y que vamos con la lengua fuera tras los países cuya economía la imponen como tipo.
Mayo del 68 pareció ser la solución para un futuro que se presentaba incierto y cuya sociedad urgía cambiar. Resuelto el problema para los que lo sufrían en el momento, ahora el que venga atrás que arree… Eso no es ético.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído