Esther Esteban

La mosca cojonera del poder

La mosca cojonera del poder
Salud Hernández-Mora TV

Salud Hernández Mora la periodista colombiana de nacionalidad también española -desaparecida hace unos días en la zona selvática controlada por la guerrilla del ELN- es el látigo de los corruptos en ese país y según dicen todos, nada ni nadie está a salvo de su incisiva pluma.

«Ha recorrido todos los rincones de Colombia donde ni el mismo ejército s e atreve a meterse y es muy crítica con Juan Manuel Santos, el actual presidente del país por los que sus columnas en el periódico El Tiempo son admiradas y odiadas a partes iguales, pero de lectura obligada de la sección dominical», se ha escrito estos días sobre su figura.

Cuando Salud desapareció estaba haciendo un reportaje sobre el cultivo de Coca, en una zona donde apenas hay maestros, ni médicos, ni acceso Internet, un lugar dejado de la mano del gobierno en el que la desnutrición infantil es casi lo más leve que ocurre, por lo que es de prever que en su relato no estaba dispuesta a hacer concesiones de ningún tipo.

No conozco personalmente a esta colega, que lleva más de 17 años viviendo en Colombia, y denunciando todo lo que ha tenido que ver con la guerrilla -a cuyos líderes más sanguinarios ha llegado entrevistar-, pero sé que es una mujer valiente e insobornable y por eso la temen.

La admiro por lo que hace y por lo que representa y lamento que el ejercicio del contrapoder se haya convertido en una excepción en un oficio donde la valentía no es precisamente algo que cotice al alza.

Coincidiendo, en el tiempo con la desaparición de la periodista he tenido ocasión, de hablar largo y tendido con uno de los más importantes directivos de la comunicación de nuestro país que, si bien, no es periodista lleva más de treinta años trabajando en el sector y, por lo tanto, tiene un criterio muy conformado de nuestro oficio que está claro que atraviesa una crisis de hondo calado.

Sostiene, y yo comparto, que somos nosotros mismos quienes estamos dejando morir la profesión desde el mismo momento que consentimos que la noticia, su veracidad y por tanto su confirmación contrastada por distintas fuentes sea lo de menos y lo demás un titular escandaloso, cuanto más mejor aunque se aleje de la realidad. Somos culpables desde el mismo momento que hemos consentido que la cuenta de resultado de nuestras empresas, por mucho que sean tiempos de crisis, se convierta en una pesada losa que aplaste u oculte la verdad y también a la manoseada libertad de expresión a la que luego todos apelan y reivindican falsariamente.

El directivo en cuestión afirma, y yo comparto, que el drama del periodista es que no ha defendido la noticia por encima de todo y ¡claro! ahora da igual un tuit insustancial, que una información contrastada porque la credibilidad perdida es difícil de recuperar y lo será por mucho tiempo. Siempre hemos desconfiado de los poderosos y, antaño, cuando algún político nos ensalzaba sentíamos una especie de repulsa por entender que el halago del poder era la prueba del algodón de que no estábamos haciendo las cosas bien. Ahora lo raro es que existan periodistas que no tomen partido y la contaminación es tal que roza la perversión y pone en riesgo la pervivencia de lo que representamos.

No sabemos aún cuál es el destino de Salud, ni dónde está, ni quién le ha secuestrado o algo peor, pero lo que sí sabemos es que quieren silenciarla porque es una mosca cojonera que cumple con su deber de ejercer el contrapoder sea político o económico y su ejemplo te reconcilia aunque sea por un instante con viejo y masacrado oficio.

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