Santiago López Castillo

La realidad, desde otra perspectiva

La realidad, desde otra perspectiva
Santiago López Castillo. PD

La honda huella que me dejó la marcha de mi inseparable «Niebla», golden divino, hace que en estos días de pena y duelo apenas me interese por la actividad mundana, y, sobre todo, por la política que baja asquerosita. Me solazo contemplando las jaras que estallan de entre el verdor, también contemplando al halcón peregrino con su planeado vuelo al tiempo que me chorrea la música de Radio Clásica por las orejas.

He estado con el marmolista de Cerceda para elegir el granito de la placa que servirá de epitafio al ser que más he querido en mis postreros años. «Niebla»: amor infinito». De ahí que, hasta que yo recobre el conocimiento, ustedes me entienden, mi pensamiento está discurriendo por el aforo del cielo. El cielo, según los entendidos, es la morada en que los ángeles, los santos y los bienaventurados gozan de la presencia de Dios.
– ¿Y los perros van al cielo…? -preguntó un arcángel diminuto, niño, a un cura glotón y salido apellidado Apeles.

Este cegato ser con alzacuellos le contestó que los animales no son merecedores de la visión del Señor Todopoderoso. Valiente zurupeto. El Eclesiastés dice que es infinito el número de necios. Y en el cielo y sus capacidades caben todos los hijos de Dios menos los mentirosos y los troleros y los que tienen menos de dos dedos de frente. Después de esta parrafada, contemplo el follaje de los árboles que gotean agua lozana y primaveral. Me sobrecoge la soledad que me ha dejado «Niebla», amor infinito. Se dice, y yo lo he escrito, que la soledad sedimenta los posos del alma y decanta los humores, los temores y las inclinaciones. Pero me ha llegado sin avisar. Y la herida aún está en carne viva.
De modo que me siento un poco lelo y no me apetece oír la radio -salvo la clásica de RNE- ni ver la tele y eso que echan un partido en el que juega mi Madrid. La Red sigue con el hipo repetidor de los políticos de siempre, flor de un día, con Sánchez empalagoso del cambio, no le cree ni el cuello de su camisa, y toda esa patulea bolivariana que trinca del sistema y de donde puede, insaciable en esas artes populistas por alcanzar el poder e implantar la dictadura del proletariado. Suena a viejo. A mitin oxidado.
De modo que aguardo a que llegue la noche para escuchar la voz alegre y quejumbrosa del cárabo o el siseo de la lechuza que advierte al ratoncito «Pérez» del campo al que lo tiene enfilado. Me siguen llegando condolencias que guardo en mi zurrón u obituario personal. Gracias a cuantos siguen teniendo por bandera la sensibilidad, el amor y el cariño.

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