Javier De Lucas

El fin justifica los medios, pero para todos

El fin justifica los medios, pero para todos
Javier de Lucas. PD

Las guerras son la experiencia sociopolítica más atroz por la que puede pasar el ser humano.

Y si pensamos en ello, en el contexto histórico general, resulta inquietante comprobar la facilidad con que se han producido una y otra vez desde que el mundo es mundo hasta este preciso instante.

Pero si resulta fácil perder la paz, qué difícil resulta recuperarla, porque lo verdaderamente difícil es terminar la guerra; no hablo de ganarla, ya que nadie gana con ella, siempre es degradante para los contendientes.

Visto con perspectiva analítica, se da la paradoja, sin embargo, de que algo tan cruel se declare en un estado que entendemos de paz; y, a su vez, la guerra sea el estado necesario que desembocará inexorablemente en la paz.

Es una contradicción, sin duda; un fatídico círculo vicioso… Heráclito pensaba que el «pólemos», el conflicto, la guerra al fin, es el padre de todas las cosas, porque de los contrarios nace la armonía…; y se curaba en salud añadiendo que ésta [la armonía] es mayor la invisible que la visible. Y es que, claro, los seres humanos vivimos y percibimos en un mundo sensible, visible; lo otro, lo invisible, resulta difícil de comprender en un mundo utilitario.

Si recuperar la paz cuesta un sufrimiento inefable, mantenerla supone un esfuerzo colosal. Aun así, el sufrimiento indeleble que marca a los que han padecido el conflicto se ve «mitigado» ante la esperanza de que, como decía, llegará la paz inexorablemente: el agotamiento de los contendientes, la miseria y la tragedia creadas directa y colateralmente es tan vasta, que hace que así sea por pura lógica de conservación.

Si la guerra conlleva de forma inherente el cambio de actitud en las personas, la extenuación obliga a necesitarse los unos y los otros. Gracias a estas reacciones naturales de compasión mutua se regenera el equilibrio y se restañan los odios que produjeron la catástrofe.

No obstante, también nos demuestra la historia que la postguerra significa un estado de cosas que impiden la amistad y la convivencia solidaria duradera, haciendo imposible la redención y el perdón definitivos. Más pronto que tarde aparecerá el deseo de venganza latente y la guerra fría tan devastadora para el bienestar social como la declarada abiertamente.

Este estado se hace más acusado cuando tras el fin del enfrentamiento no se han restablecido totalmente las instituciones que hagan cumplir las leyes y el orden.

Pues bien, hemos de admitir algo que a muchos les sonará muy mal, pero es una necesidad y un principio sociológico insoslayable en un estado de derecho: contener el desorden, hacer cumplir la ley, no tolerar lo intolerable…, es monopolio del estado de derecho; y no es que sea represión, es que es hacer cumplir la ley y el respeto a las libertades de los demás, así como, por supuesto, no permitir la invasión y usurpación de la propiedad privada, ni pública, claro.

El fin justifica los medios. El maquiavelismo del XV – XVI nunca ha tenido mayor vigencia como en un estado de derecho del siglo XXI, porque ahora la ley defiende al Estado, y el estado en una democracia lo somos todos.

Vulnerar la ley gratuitamente, con el único afán de medir las fuerzas al estado de derecho ha de ser un esfuerzo estéril para quien lo pretenda; porque, en tanto se permita la arbitrariedad de quien ejecuta o consiente acciones contra los principios más elementales de la democracia, no habrá garantía para los ciudadanos que ven conculcados sus derechos inalienables.

La protesta sin un respaldo legal fehaciente que fortalezca las demandas, termina convirtiéndose en actos vandálicos, cuando no en una forma reivindicativa tan poco seria como responsable.

La cuestión es tan vieja como el hombre. Maquiavelo concibió «El príncipe» apoyándose en las ideas de Anacarsis (VI a C.) y Trasímaco (V a C.).

Anacarsis reprochó a Solón su ingenuidad por pensar que los ciudadanos cumplirían las leyes por el mero hecho de estar tan interesados en cumplirlas como el que las promulga, al considerarlas como un contrato entre ambas partes.

Por ello le recordó que la codicia de los ciudadanos es tal que las leyes no significan nada para los poderosos. En ese mismo sentido orientaba Trasímaco su pensamiento, pero con la diferencia en que las leyes puestas a voluntad del más fuerte, terminan volviéndose contra el que las impone. Y es aquí donde la vigencia del maquiavelismo llega a su máxima exigencia; porque, la democracia no es una oligarquía, ni una tiranía.

Ahora la finalidad de la ley es la de defender los derechos de todos, y para ello todo medio necesario, dentro de la ley, será bien recibido para hacer cumplirla a todos…, ¡a todos! En eso debemos ocuparnos, porque respetando los derechos de cada uno conseguiremos que tarde o temprano la ley caiga con todo rigor sobre quien la haya incumplido o sobre quien la manipule a su antojo.

La degradación de nuestra sociedad debería darnos miedo por las consecuencias que de ello se pueden derivar; porque dada la incapacidad de nuestros gobernantes para hacer leyes justas y hacerlas cumplir de forma inmediata, sea quien sea el que las infrinja, la paz social está en peligro.

Lo que nos parece un imposible no lo es tanto.
Aquí nadie cede. La paz es frágil, y más si los resentimientos vuelven a brotar con fuerza debido a los abusos de poder. La codicia de los gobernantes débiles déspotas y corruptos ha de extinguirse con la ley y las urnas. Con este panorama…, Uds. mismos.
Tal vez así consigamos recuperar esa tan deseada armonía de la que nos habla Heráclito, tanto la visible como la invisible; ambas las necesitamos, y mucho. No es nada fácil, eh.

Javier De Lucas

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