Fernando Jáuregui

Treinta y nueve años y un día

Ocurrió hace treinta y nueve años. Y un día. Soy poco aficionado a las conmemoraciones, que me parecen motivo frecuente de mal periodismo, pero hoy, aquí, en esta hora de desánimo, no puedo sustraerme a ello: un 15 de junio de 1977 se celebraban unas elecciones constituyentes que significaban el afianzamiento de los carriles de aquella primera transición a la democracia.

Su máximo impulsor, Adolfo Suárez, auxiliado por las fuerzas de izquierda, por las del Movimiento evolucionista, por los sindicatos menos cerriles y por la máxima institución de la nación, había, en apenas once meses, dado la vuelta a la nación esclerotizada, sometida a la dictadura centralista y aún algo autárquica, para iniciarla en la senda de la democracia.

Vuelve, Adolfo Suárez, que te perdonamos. Necesitamos un hombre de Estado capaz de superar los dictados de los ‘poderes fácticos’ -nada que ver con los tiempos ‘duros’ del setenta y siete–, los prejuicios, la indolencia, los egoísmos y las ambiciones más ramplonas. Capaz de aunar las voluntades más cerrilmente sumidas en el hormigón. Pero, visto lo que estamos viendo ¿quién es ese hombre? ¿En qué partido milita?

Más o menos vine a preguntárselo este miércoles a Albert Rivera, en uno de esos multitudinarios desayunos periodístico-empresarial-políticos de Nueva Economía. Si todo falla y seguimos en las mismas, ¿sería posible que el Rey propusiese un nombre de consenso, independiente, surgido de la sociedad civil, para regir los destinos de un Gobierno de concentración durante una Legislatura abreviada, digamos año y medio o dos años, dedicada a poner en marcha profundas reformas?

Para mi sorpresa, respondió casi afirmativamente: no tiene por qué ser un independiente, aunque podría serlo, dijo. No es la solución más conveniente -estoy de acuerdo, sobre todo para el Rey, por el desgaste que le supondría–, pero puede ser la última artimaña para burlar a esas terceras elecciones, si nadie se pone las pilas para evitarlas, que hasta el momento no parece que se las vayan a poner.

A veces doy en pensar qué hubieran hecho Adolfo Suárez, o Felipe González, o hasta José María Aznar, en una coyuntura tan desesperante como esta, con una tormenta perfecta amenazando nuestras playas nacionales, europeas, mundiales. Suárez se equivocó, entiendo, extendiendo su vida política más allá de aquel 15 de junio. González tuvo una última Legislatura desastrosa, que ensombreció su trayectoria de estadista. Lo contrario, justamente, que Aznar, que comenzó muy bien y terminó muy mal.

De todo ello deberían aprender los prohombres que ahora aspiran a representarnos: hay que saber retirarse a tiempo. Un osado, allá por los sesenta, se atrevió a titular así un artículo, decía él que dedicado a De Gaulle; los censores nacionales entendieron que se refería a Franco, y cerraron el periódico.

Yo, un día, cuando Suárez se empeñaba en prolongarse con el partido que creó, el CDS, se lo dije: tu gloria hubiese sido mayor si te hubieras marchado cuando culminaste tu obra. Me dijo que él aún era necesario. No lo era. Algunos ya no lo son. Y no digo más, no sea que me cierre alguien el periódico en el que habita mi libertad de expresión.

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