Raúl del Pozo

«Rajoy no debiera recurrir a las crónicas de azufre»

"Rajoy no debiera recurrir a las crónicas de azufre"
Raúl del Pozo. PD

Raúl del Pozo aconseja a Mariano Rajoy no asustar al votante con palabras de azufre con el propósito de asustar al electorado:

Los hombres no han hecho barbaridades más crueles que las que cometieron invocando el bien mientras cortaban cabezas a los enemigos. Después los comunistas -ahora han vuelto en la segunda salida de la clandestinidad- tuvieron maestros viles y perversos que llegaron a pensar que lo que se llama «mal» es, en realidad, el origen de las artes y las ciencias. Afirmaron que si el mal cesara, la sociedad decaería y no habría nacido Baudelaire, que considera a Satán el más bello y bueno de los ángeles.

Recalca que:

Eso de dividir a los gobernantes y los vasallos en buenos y malos se inició con Lactancio, padre de la Iglesia, considerado el Cicerón cristiano. Aquel africano tenía una visión providencial de la historia y aseguraba que la cólera de Dios fulmina a los malhechores, aunque parece contradecirse en este párrafo: «O Dios quiso quitar el mal del mundo y no pudo, o pudo y no quiso, o no quiso ni pudo, o quiso y pudo. Si quiso y pudo, ¿por qué existe el mal en el mundo?». En las campañas electorales hasta las piedras le dan a la cuerda y Mariano Rajoy ha confirmado que existe el mal y ha pedido concentrar el voto moderado para frenar a los malos. Íñigo Errejón, cada día más moderado, ha contestado con una simpleza demagógica: «No hay ciudadanos malos. Hay gobernantes malos». Pero, ¿de dónde ha salido ese niño prodigio? ¿Aún no sabe que hay malos, buenos, regulares y rateros incluso entre la gente, no sólo entre la casta?

Me choca más la manera de hablar de Mariano Rajoy, que suele huir de la sofística y de pronto ha empezado a hablar como aquel pisacorchos que declaró la guerra al mal y a los gamberros. Yo creía que conocía La fábula de las abejas de Bernard Mandeville, y sabía que la prosperidad de una nación también se basa en los vicios, en la corrupción, en las mentiras; y los que presumen de ser buenos suelen ser unos hipócritas disfrazados de moralistas. Ahora resulta que el presidente cree en los peligros de los malos y del diablo. No en el diablo de los gallegos -el demo carneiro, el demo nubeiro y el demo troneiro- que se exhibe convertido en sapo o en forma de tortuga en las costas de los náufragos y de los narcos, sino en el demonio ortodoxo. Según Camilo José Cela, en Galicia también se presentan los demonios disfrazados de Dios. «En Uña de Ferro se apareció Nuestro Señor Jesucristo cantando jotas aragonesas con acento de Castilla».

Y lamenta que:

Qué pena que Satanás no le haya dicho a Mariano Rajoy lo que le dijo a Joaquín Sabina: «El cielo que sueñas es un club privado de gente formal/ las doce marcaba el reloj de la sala/ rendido de sueño la luz apagué/ cuando oí una fuerte voz que me llamaba/ y apareció Lucifer». Hubiera sido más eficaz que sacara en el mitin a Isabel Pantoja cantando aquello de: «Qué mala es la gente».

Rajoy es un buen orador, un buen parlamentario, no debiera recurrir a las crónicas de azufre, que así se llamaban los sermones de los predicadores que acojonaban a los feligreses con las llamas del infierno, diciéndoles que se secarían como la yerba verde.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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