Javier de Lucas

No es la espera lo que mata, sino la incertidumbre

No es la espera lo que mata, sino la incertidumbre
Javier de Lucas. PD

Hace cuarenta años era más que evidente los cambios inexorables, como no podía ser de otra manera, que se imponían en España tras una larga dictadura de otros cuarenta.

No fue, sin embargo, una larga dictadura sólo por el tiempo transcurrido; independientemente de lo que supone una dictadura en sí misma, fueron muchas las razones que hicieron que durante ese tiempo los españoles sufriéramos una convivencia de tensiones, de pasiones ideológicas encontradas y de resentimientos despiadados.

El tiempo de postguerra es siempre extremadamente duro, por infinidad de motivos; más aún si se trata de un enfrentamiento civil, como es el caso de nuestro país; porque, además de tener que hacer frente a su reconstrucción en todos los ámbitos y sectores, a la reorganización de las instituciones, a la reimplantación del orden y la justicia, hubo que sumarle a eso la dificultad que significa el tener que seguir conviviendo con el adversario tras un enfrentamiento fratricida.
Es cierto, como decía Borges, que a todos los hombres nos ha tocado vivir tiempos difíciles. Pero eso jamás ha de suponer ningún consuelo ni abandono en la lucha por la superación y el deseo de reducir, y hasta eliminar, la adversidad de la vida.

No es necesario entrar en detalles sobre todo lo que acontece en semejante calamidad y lo que de ello se deriva aun después del conflicto, porque en este caso el enemigo no queda lejos, ni está al otro lado de una frontera, tras el fin de la contienda.

Después de un enfrentamiento bélico son muchos años, décadas, varias generaciones incluso, las que se necesitan para restañar heridas y odios, hasta poder convivir de nuevo con una libertad nacida de la concordia y la piedad mutuas.

Ha costado mucho esfuerzo y mucha voluntad de avenencia, cediendo por ambas partes, hasta conseguir una convivencia armónica ya rota hace unos cuantos años. Si alguien nos hubiera dicho hace cuarenta años que nuestra sociedad se vería afectada en la forma en que lo está actualmente, tras tantos años de democracia consensuada, hubiéramos pensado que se trataba de un fanático partidista con ánimo de venganza.

El caso es que la situación en la que nos encontramos no pinta nada bien; porque, lo cierto es que el escenario político es deprimente. Todo lo ganado en los años transcurridos de democracia, parece como si hubiéramos retrocedido a los peores años de desgobierno; quizá tenga que ver el excesivo celo de los gobernantes, tras tantos años de dictadura, por no infundir sospechas de mimetismo ni dar la más mínima imagen de dureza o de represión, aun habiendo razones más que sobradas en algunos momentos como para haber tenido que actuar de tal manera.

Y es que tenemos la piel hipersensible a la hora de identificar un gobierno sólido y que aplique y haga cumplir la ley con la justa proporción a quien la incumpla, sea quien sea, con la represión de una dictadura. Este punto de vista es pura demagogia en los que entienden las libertades como mejor les conviene.

El poder está ostentado por gobiernos débiles y frívolos, y la sensación de los ciudadanos es de que cada uno hace lo que quiere.

Las instituciones no pueden perder autoridad en ningún caso ni momento; porque, cuando no hay solidez en las acciones del Ejecutivo, cuando el poder Judicial está repartido entre gobierno y oposición, cuando la pluralidad de partidos es entendida como que cualquiera de los que ocupan los escaños de nuestro Congreso puedan no estar sometidos, en algunos casos, al espíritu de nuestra Constitución; en estas circunstancias, digo, la convivencia y la paz social se hacen imposibles.
Es imprescindible que los partidos políticos sepan y entiendan con claridad y distinción que las libertades ciudadanas son inviolables.

La ley debería amparar con firmeza la libertad de pensamiento, la libertad de creencia religiosa, el derecho inalienable a la protección de la infancia; así como perseguir indudablemente la apología del terrorismo y de la violencia, sea del origen y la procedencia que sea… Pensar que todo esto pasa en España, en nuestro país, en un país que ha superado tantas y tantas vicisitudes históricas, y que ahora nos encontremos en esta constante situación de violencia larvada, es francamente desmoralizante y desesperanzador: así se encuentra la inmensa mayoría de los ciudadanos.

Nuestros partidos políticos han llegado, una vez más, al culmen de la estupidez humana: todos contra todos. Hasta el extremo de que los candidatos de los partidos, si no son bien vistos por los adversarios, son motivo de veto y de furibundas campañas de desprestigio y descalificación; incluso hasta se atreven a proponer otros líderes más «válidos», según su opinión. Definitivamente hemos perdido el norte.

El riesgo de tener que repetir por tercera vez las elecciones, es altísimo. O lo que es peor: el riesgo de que gobierne un grupo radical, sea del signo que sea, no es tan remoto.

La violencia engendra violencia, las injusticias hacen hombres injustos. Por todo, por todos, por nuestros hijos: no empecemos otra vez.

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