David Gistau

En un arrebato de lucidez, España ha preferido la estabilidad a la aventura

En un arrebato de lucidez, España ha preferido la estabilidad a la aventura
David Gistau. PD

EL resultado electoral proporciona un final alternativo para una película de Ridley Scott. Cuando, cogidas de la mano, Thelma y Louise están dispuestas a terminar su aventura autolesiva desbarrancándose, una recapacitación hace que pisen el freno y regresen al matrimonio de larga duración.

En casa espera Mariano -un señor de Pontevedra autodenominado como tal-, que tiene unas cuantas palabras de reproche y de vindicación de la seguridad que él siempre dio al hogar. Pero que enseguida perdona, pese a haberse sentido incomprendido, y hace que continúen las tediosas rutinas domésticas como si nada las hubiera interrumpido. Ni siquiera hablarán del autoestopista chulo y castigador que recogieron por el camino.

En este arrebato de lucidez en el que España, afectada por meses de incertidumbre y por una inminencia de grandes excentricidades europeas, ha preferido la estabilidad a la aventura, podría decirse que el electorado conservador acudió al zafarrancho de emergencia pese a sus reticencias personales con Rajoy: las que lo desmovilizaron por completo hasta la reconciliación relativa con su partido de este domingo. Pero la explicación no basta, porque Podemos tampoco ha completado la toma de la hegemonía de la izquierda que se daba por supuesta.

Los han tirado abajo justo cuando ya estaban colgados de las almenas de la socialdemocracia, en parte porque la renuncia a la transversalidad de su pacto con el comunismo alarmó a la burguesía progresista. En parte, también, porque el Brexit se convirtió en el hecho admonitorio de que los repentismos dictados por la cólera tienen consecuencias para muchos años.

La última visión de Podemos durante la noche electoral fue de los dirigentes dándose un baño con su Montonera mientras se emocionaban al cantar «El pueblo unido…» como si la pieza siguiente fuera a ser «Aquí se queda tu clara, entrañable transparencia…»: ¡lo nuevo!

Habíamos intuido que sobre Rivera recaería la presión que tiene ahora: la de bloquear con su prejuicio contra Rajoy, que algo tiene de última defensa de su discurso anticorrupción, una formación de gobierno que la sociedad española ansía para terminar de sosegarse, aunque sea sin pasión ni ilusión.

A Rivera podrá ayudarlo el PP a salir de su atolladero concediéndole una amplia agenda reformista que él pueda presentar a su gente como una victoria. Pero, después de su debilitamiento en escaños, va perfilándose como lo que él mismo dijo una vez que sería: una bisagra sustitutoria de la nacionalista.

Es decir, para el PP, un Majestic sin coacciones antiespañoles y sin patentes de corso para la cleptocracia pujolista. Puede saber a poco a quien pretendió refundar el PP desde fuera.

Pero el mandato popular -la Gente- se ha expresado con suficiente contundencia como para que Rivera no pueda prolongar su veto a Rajoy sin que parezca que también quiere refundar a los españoles desde fuera y que su noción de la propia importancia extiende cheques que su número de escaños no puede pagar.

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