Arcadi Espada

El miedo del 26-J no ha sido al fusilamiento, ni a la ruina: ha sido al ridículo

El miedo del 26-J no ha sido al fusilamiento, ni a la ruina: ha sido al ridículo
Arcadi Espada.

Hay una manera de desprestigiar el relativo paso hacia la razón dado por los votantes españoles supurando que la victoria del presidente Rajoy es la del miedo.

Se cita, básicamente, el Brexit. Los españoles serían algo así como británicos escarmentados que habrían elegido la rectificación. Aunque la hermenéutica electoral tiene mucho de recreativa y poco de empírica, no suele mostrarse favorable a admitir corrimientos de votos en los últimos días de campaña.

Aún se discute si el 11-M trastocó el voto de los españoles. Y hay quien sostiene que ni siquiera ese sobresalto brutal fue capaz de incidir significativamente sobre una tendencia -la victoria socialista- que ya estaba consolidada.

Por el momento no hay más y mejores razones para sostener que el Brexit produjo sucesivos desplazamientos de voto a la derecha que para sostener lo contrario, por más que la falacia post hoc (A sucede después de B ergo B es la causa de A) ejerza su facilón poder de seducción.

Sin embargo, con independencia de que la hipótesis del Brexit pueda demostrarse algún día, el miedo no debería avergonzar a nadie.

Ni al que emite temeroso su voto ni al partido que se beneficia del temor. Entre las emociones que deciden en la política, y en la vida, no veo demasiadas tan eficaces, ¡y razonables!, como la del miedo.

La historia de los españoles tiene un relato reciente en el que el miedo actuó como una emoción positiva: si la Transición fue una joya de la política contemporánea fue, también, gracias al miedo.

Respecto de diciembre, las elecciones del domingo trajeron la novedad de que los socialistas ya no pueden seguir utilizando su predilecto mantra de entonces. Esto es, que España había votado por el cambio.

Y es probable que la ventaja electoral del bloque de la derecha se deba a la constatación de un miedo ciudadano simple, menos rebuscado que el del Brexit: el miedo de haber visto actuar, aun durante pocas semanas, a los representantes del populismo, incluido el envilecimiento democrático que supuso la ceremonia, de leche y cal, de su entrada en el congreso de los diputados.

Este miedo no ha sido el del fusilamiento. Ni quizá tampoco, estrictamente, el miedo a la ruina. Es el miedo invencible al ridículo, la certidumbre de que la vergüenza ajena iba a convertirse en vergüenza propia. Nunca se vota impunemente.

Rajoy debe aceptar con naturalidad y orgullo que el miedo de los españoles ha acabado salvándole. Excepto en Cataluña, cómico régimen de terror, donde todos los jovencitos se apellidan Frankenstein.

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