Ignacio Camacho

Muchos votantes desertores del marianismo vuelven provisionalmente en defensa de un modelo de sociedad amenazado

Muchos votantes desertores del marianismo vuelven provisionalmente en defensa de un modelo de sociedad amenazado
Ignacio Camacho. PD

EL marianismo está exultante y tiene motivos. Con ese liderazgo pasivo y remolón, como de gasoil, el presidente ha sacado a la derecha del atolladero apostando por una estrategia bipolar contra Podemos.

Muchos trienios de militancia han persuadido a Rajoy de que el PP es una organización de estructura rocosa, capaz de vertebrar, cuando encuentra la motivación adecuada, las respuestas más sólidas de la política española. Esta vez ha pulsado el botón idóneo, el resorte que activaba en las clases medias el voto del miedo.

Sin embargo, la dirección popular se equivocará si otorga al resultado del domingo el rango de una legitimación plebiscitaria. El plebiscito no ha sido tanto a favor de Rajoy como en contra del extremismo populista.

Muchos electores que en diciembre habían desertado de la languidez marianista, asqueados de la corrupción o decepcionados por la falta de empatía social, han regresado mal que bien al sentir amenazado su modelo de sociedad y su proyecto de vida. Ha sido un voto en defensa propia, como dice Albiac: un reagrupamiento provisional y de emergencia por razones de fuerza mayor ante un asalto a las bases del sistema.

Si todos los votos son siempre prestados, el de esta ocasión es además condicional. Mucha gente se ha tapado la nariz y no volverá a hacerlo si no observa en el PP una voluntad sincera de regeneración y una agenda de reformas.

La mayoría insuficiente obliga al presidente a abrirse a los sectores sociales que ha descuidado, al votante urbano menor de 50 años con una posición crítica sobre el colapso de las instituciones. No vale sólo con resistir.

Después de haber ganado tres veces consecutivas, Rajoy tiene que entenderse con Ciudadanos y alguno más para volver a crear una mayoría social de centro-derecha que recoja las aspiraciones de la moderna sociedad española. Y tal vez abordar un proceso ordenado de renovación en su partido. La transición hacia el posmarianismo.

Eso no va a ser fácil. Rivera ha encajado mal el retroceso y se va a poner estrecho y tiquismiquis con los pactos, atrincherado en el rechazo a los corruptos que se protegen tras el escudo presidencial.

Pero tampoco tiene más remedio; su veto personal ha sido desautorizado y no puede dar al PP menos facilidades de las que ofreció al PSOE. El «acuerdo del Abrazo» le ha pasado factura, y la doble vara de medir en autonomías y ayuntamientos le ha costado cara en Andalucía.

Aunque representan a generaciones distintas, están condenados a entenderse porque sus grupos de apoyo comparten la misma visión de España y el mismo proyecto liberal moderantista.

A Rajoy le va a tocar revisar parte de su inmovilismo, desoír a los y sacar ese perfil pragmático, que también tiene, de hombre de la calle sin dogmatismos. Un gobernante que, al borde del desahucio, ha sabido abrirse una nueva oportunidad no tendría perdón si no supiese aprovecharla.

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