Luis Del Val

La política española y el póker descubierto

La política española y el póker descubierto
Luis del Val. PD

Quien ha jugado al póker sabe que la modalidad más puñetera es la del póker descubierto, donde cuatro cartas quedan a la vista de los otros jugadores y sólo una permanece oculta, la que sólo conoce cada uno de los contendientes.

A primera vista, pudiera parecer que es más sencillo adivinar lo que tiene el contrincante con las cartas descubiertas. Aparentemente, porque las mayores sorpresas, las más profundas meteduras de pata, los resultados más estupefacientes, se producen con esa única carta oculta.

Los líderes políticos, tras las elecciones, están metidos en una partida de póker descubierto, donde las cartas a la vista son el número de escaños que ha conseguido cada uno. La carta oculta puede ser un acuerdo, una negativa de farol, una invitación para ganar tiempo -o sea, para perderlo- un amago de despiste, o una declaración de principios marxistas, facción Groucho, «estos son mis principios, pero si no le gustan, le puedo enseñar otros».

El póker descubierto, o póker de Montana, se ha instalado en nuestro territorio como si formara parte ineludible del proceso de negociación. Los jugadores miran las cartas que están a la vista para calcular cuáles son las que faltan y puedan estar, boca abajo, en alguno de los lugares de la mesa. Y como hay mucha expectación salen a hacer declaraciones a los periodistas, que los periodistas, que no son tontos, ya saben que no se las hacen a sus lectores, sino a los otros miembros de la partida, con mensajes en forma aviso, aclaración o confusión.

Sin embargo, en todas las partidas se divierten mucho más los jugadores que los espectadores. La media docena de participantes se lo deben estar pasando muy bien, pero los millones de ciudadanos que aguardamos el resultado, porque nos va a afectar, estamos cansados de faroles y de palabrería. Mientras ellos están entretenidos, nos vamos enterando de la dentellada al fondo de pensiones o de que los aeropuertos dependen de las autonomías, un disparate al que habría que añadir que las golondrinas tengan carnet autonómico para saber qué veterinario les podrá atender. ¡Y con estos bueyes hay que arar!

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