Fernando Jáuregui

Carta abierta a Pedro Sánchez de un ciudadano periodista

Carta abierta a Pedro Sánchez de un ciudadano periodista
Pablo Iglesias (PODEMOS) y Pedro Sánchez (PSOE). EP

Quisiera que no piense que me siento un ciudadano diferente por ser periodista; puede que esté mejor informado en algunas, pocas, cuestiones, y, en cambio, mucho peor enterado de lo que la calle cree y piensa que el común de los mortales. O sea, lo mismo que usted.

Pero creo, en este cuarto de hora, que tengo al menos este instrumento a mi alcance, y me siento hoy en la obligación de, en la muy humilde medida de mis fuerzas, tratar de hacerle llegar, señor Sánchez, una voz desesperanzada que sé que comparto con muchos.

Cuando usted llegó a la secretaría general del PSOE, don Pedro Sánchez, me ilusionó con reservas la posibilidad de un cambio, la llegada de una fuerza que soplase un viento nuevo y fresco sobre el inmovilismo en el que la Vieja Política nos tenía instalados.

Luego, usted cometió algunos errores, el mayor de ellos renunciar a toda posibilidad de negociar a varias bandas un Gobierno reformista. Era un ‘o ellos, o nosotros’ en el que era seguro que ustedes, o sea, muchos de nosotros, iban, íbamos, a salir perdiendo. Luego vinieron el acuerdo con Ciudadanos, que ya se ha desmarcado de ustedes y, por lo que vi este martes tras el encuentro con Rajoy, ha iniciado una lenta, muy cauta, aproximación al ganador, es decir, al PP. Y vino aquello de ‘usted no es un político decente’, y el empeño en seguir a la estela de Podemos, hasta el punto de hacer un ridículo total inmediatamente antes de que hubiese que convocar las segundas elecciones.

Han sido demasiados dislates, aunque, claro está, no solamente atribuibles al PSOE. Pero a los socialistas les correspondía, les corresponde, el gesto de la máxima generosidad. Los españoles han votado a un Rajoy, aunque sea en clara minoría, como presidente.

Y eso todos lo admiten. Y al PSOE puede que lo hayan votado como fuerza moderadora, impulsora de las reformas posibles. Al PSOE le toca tragarse el sapo de sus propias palabras y facilitar, como hará sin duda Albert Rivera, la investidura de Rajoy, y que él gobierne con su exigua minoría de 137 escaños más el de Coalición Canaria. Tendrá que pactarlo todo, va a ser difícil hacer progresar la legislatura y no es la mejor solución.

Pero no hay otra mejor o, al menos, ni ustedes ni los demás nos ofrecen algo más alentador, al margen de asegurarnos, sin pruebas, que no se producirá la catástrofe total de unas terceras elecciones.

Siempre he dicho que me siento ciudadano antes que periodista; para un periodista, lo que vivimos es apasionante. Para un ciudadano, desesperante. No me erijo en portavoz de nada ni de nadie, pero me da la impresión de que al común de los mortales les importa poco que el PP, el PSOE, Ciudadanos, Podemos o quien sea, se abrasen en su búsqueda de la fórmula para sobrevivir. A mí, a nosotros, lo que nos importa es que sobreviva el sistema democrático y que, si es posible, se fortalezca.

Acudir este miércoles a la cita con Rajoy -que sigue impasible, como si, en lugar de tener que negociar, hubiese obtenido una mayoría absoluta- armado apenas del ‘no a todo’, sería una grave equivocación. Acabará, a la postre, con usted y con su partido: otros, en otras latitudes, tan socialdemócratas y con tanta solera como ustedes, han caído y el sistema de partidos en Europa, en América, en todas partes, ha experimentado una profunda renovación.

En España está comenzando a producirse, y usted y su comité federal, tan inoperante, ya deberían haberlo advertido: tienen a los españoles sumidos en el desconcierto, porque nadie entiende bien eso de aferrarse a las hemerotecas, a corrupciones y corruptelas pasadas, a la pureza de la izquierda frente al desvarío de la derecha, mientras transcurren los meses de desgobierno, de apatía, de desprestigio en el exterior.

Espero que me entienda: no soy partidario de Rajoy, cuyo constante inmovilismo, cuya falta de sintonía con la gente, he criticado muchas veces. Ni tampoco lo soy de ningún otro, incluyéndoles a ustedes. Pienso, seguramente como una mayoría, que todos han dado, están dando, un espectáculo lamentable. Pero Rajoy ha ganado y esto necesita no ya un Gobierno de gran coalición, sino casi de salvación nacional, que le obligue a propiciar el cambio que es posible, que no es el que usted predicaba.

No he apreciado en usted -lamentable su discurso ante el comité federal el pasado sábado: ni un avance sobre lo de siempre, aunque las cosas no sean ya como antes- ni la más mínima autocrítica. Ni un proceso de reflexión sobre lo que están indicando los votantes.

Tampoco le pido, todavía al menos, que se marche y deje de ser un obstáculo: aún le queda el pretexto, no sé si algo falso, de estar cumpliendo los dictados de su comité federal, cuya opinión ya se saltó usted una vez al acudir al voto directo de la militancia. Creo, sinceramente, que está usted preso de sus propios vetos arrogantes y que ahora no saben, ni usted ni la dirección de su partido, cómo hacer para cambiar el rumbo. Pero no queda otro remedio que cambiarlo: no está usted arriesgando solamente su propio cuello político (que tiene, reconozcámoslo, una importancia relativa), sino muchas cosas más. Con su actitud, ha propiciado usted el fortalecimiento de Rajoy, y no culpe de ello a otros, mucho más irresponsables ante la vida en general que responsables directos del cataclismo.

Y, por favor, que los más pedestres de los suyos no digan que este comentario, ya digo que surgido del desaliento, está inspirado por no sé qué derecha estúpida, por quién sabe qué gobernantes deficientes. Hemos vuelto a los peores tiempos en los que la crítica se consideraba un síntoma de que quien la ejercía estaba vendido ‘al otro lado’. Y así, las dos Españas. O las cuatro. O las diecisiete. Y la democracia, retrocediendo pasos, como la libertad de expresión.

Concluyo, con todo respeto, diciéndole que cada vez me recuerda usted en mayor medida a ese Artur Mas, que, mal rodeado y peor aconsejado, a base de decir ‘no’ a todo, cabalgando sobre su soberbia y su revanchismo, pretendiendo lo más, que era imposible, se cargó su propio partido, la coalición que lo sustentaba y toda posibilidad de lograr nuevas y grandes ventajas para Cataluña. Mírese, señor Sánchez, al espejo: ¿no ve usted ciertas similitudes en este y en otros casos que acabaron francamente mal?

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