Fernando Jauregui

El metalenguaje con el que nos (mal)tratan

Tengo para mí que uno de los efectos más perniciosos de la por otro lado perniciosísima situación política que padecemos los españoles es que la confianza en la palabra dada por quienes se quieren erigir en nuestros representantes ha decaído tanto que ya no sirve para nada. Años de practicar el malsano deporte de esconder lo que en realidad se quiere decir, o incluso de decir lo diferente a lo que se piensa, han producido, y esto se puede extender a los cuatro principales partidos nacionales, y también a varios autonómicos, un irreversible alejamiento del hombre de la calle con respecto a esos representantes. Un metalenguaje, por lo visto imposible de superar, que consiste en que quien lo emplea piensa que quien lo recibe no es merecedor de que se le trate de manera franca, sin engaños mi circunloquios.

Ni siquiera los periodistas nos creemos lo que ellos nos dicen en las ruedas de prensa en las que anuncian cuáles son sus presuntas intenciones para las semanas o meses venideros. Y es que se está dando un evidente desprecio entre ambas partes, periodistas y políticos, lo que lleva a los medios a una situación o bien de cierto vasallaje -el síndrome de Estocolmo- o a un pasotismo de ‘sí, sí, diga usted lo que quiera, que yo lo interpretaré a mi modo’, con las correcciones propias de quien cocina los datos directos de las encuestas, sabiendo que no siempre los entrevistados dicen la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Así, cuando Pedro Sánchez dice ‘hoy por hoy, no’, alentamos la sospecha de que lo que quiere decir en realidad es que en algún momento, cuando los plazos apremien y el fantasma de unas terceras elecciones extienda su sombra sobre nosotros, ese pequeño paso dialéctico dado en relación con sus anteriores posiciones de ‘no, nunca, jamás’ a un pacto ‘con la derecha’ representada por Mariano Rajoy, podrá adoptar formas más flexibles. Quizá, quién sabe, una vergonzante abstención de una parte de los diputados socialistas –¿se pondrán enfermos para no estar en el escaño? ¿alegarán viajes súbitos e impensados?–, para permitir, en último extremo, la gobernación al Partido Popular, que es el que ha ganado las elecciones y el único titulado, por tanto, para gobernar, una vez que otros acuerdos que excluyan a los ‘populares’ son impensables y, además, altamente inconvenientes.

Claro que, cuando Albert Rivera nos informa de que la posición de Ciudadanos ante la sesión de investidura será votar ‘no’ en la primera ronda, y abstenerse en la segunda, lo que algunos, o muchos, piensan es que, en el fondo, en algún momento posterior, a lo largo de estos meses de penitencia que nos quedan por delate hasta que tengamos un Gobierno como Dios manda, el partido naranja se decantará por alguna forma sibilina del ‘sí’. De momento, ya parece haber decaído la antaño insoslayable exigencia de que, para apoyar al PP, no puede seguir Rajoy en el puesto. Porque, al fin y al cabo, qué remedio, no pueden arriesgarse a ir a unas nuevas elecciones, en las que C’s quedaría muy posiblemente machacado. Igual, por cierto, que el PSOE, partido al que no pocos culpan, por su intransigencia a llegar a un acuerdo con el PP -única salida numérica para lograr una fácil investidura ‘pactada y limitada’ en el tiempo–, de estar bloqueando una salida razonable al embrollo que los propios políticos han montado.

Ya se sabe que la política, según la vieja definición, es el arte de crear problemas para luego, mediante diagnósticos equivocados, resolverlos de manera nefasta para el ciudadano. Por cierto, a ver quién nos explica por qué la ejecutiva ciudadana ha decidido, sin conocer aún las propuestas que les haga Rajoy, votar primero ‘no’ en la próxima sesión de investidura y, cuarenta y ocho horas después, abstención. Y es que las cosas que nadie comprende y que precisan de explicación es que o están oscuras o, simplemente, lo son.

Por lo que se refiere a Podemos, personalmente hace tiempo que dejé de intentar entender dónde se halla la luz en el torrente de contradicciones, incluso a la hora de la definición programática, al que hemos asistido en estos meses. Un indicio de que, quizá siendo más sinceros que otros que utilizan una palabrería que, en el fondo, esconde un significado radicalmente opuesto al que formalmente se utiliza, lo que ocurre con la formación morada es que, simplemente, no sabe por dónde tirar. Que no se aclara, vamos.

Y llegamos al supremo hacedor del no-discurso. Hablo, desde luego, de Mariano Rajoy, que, tras un verbo teóricamente simple -es un hombre previsible, dice- crea una maraña neblinosa que hace muy, pero que muy, difícil saber si, en realidad, sube la escalera, la baja o si no existe escalera, sino ascensor. O nada. Y la ve bien así. Lanza propuestas descafeinadas teóricamente destinadas a la negociación con otras partes, pero todos entienden que eso nada tiene que ver con un programa concreto para negociar con quienes no piensan como él, que eso es precisamente una negociación: un intento de llegar a acuerdos entre diferentes.

Y así andamos, con la sensación de que nuestros aspirantes a representantes están ‘haciendo guantes’, calibrando cuánto de falso hay en las iniciales posiciones negociadoras del adversario para, una vez descubiertas sus debilidades, asestarle un guantazo de aquí te espero. Miden los milímetros que quedan hasta el abismo, sopesando el riesgo de caer en él y confiando en que sea el otro quien se precipite por el barranco. Priman sin duda los intereses partidistas sobre los nacionales. Pero estoy seguro de que, en último extremo, cuando ya nos sintamos con la desesperación del aliento de unas nuevas elecciones soplándonos en el cogote, encontrarán todos la manera de dar marcha atrás y propiciar su salvación, que es la nuestra. Son un poco bocazas, eso es parte, quizá la parte más leve, de los que les/nos ocurre.

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