Fernando Jáuregui

España: ¿Es ‘odio’ la palabra que nos define?

España: ¿Es 'odio' la palabra que nos define?
Islam y manifestantes musulmanes. EP

La semana concluye con la conmoción por la matanza en Niza y por el sangriento intento de golpe de estado en Turquía. Dos noticias de enorme impacto mundial y que, de una forma u otra, condicionan nuestras vidas aquí, en esta España ensimismada.

El odio es como una señal de los tiempos, se extiende desde el fanatismo islamista hasta las playas de la política española, pasando, claro, por los ecos sociales. Porque nada exagerado me parece el indignado revuelo suscitado por los mensajes que algunos desalmados dejaron en las redes tras la muerte de un torero: odio absurdo al ser humano bajo el pretexto del amor a los animales.

Siempre he aborrecido a quienes atacan más la caza del zorro que los fusilamientos masivos en China, o que se ceban en las corridas de toros antes que en la mísera que sufren tantos refugiados que tratan de encontrar en Europa la seguridad que han perdido en su hogar a manos del fanatismo yihadista.

Conozco a gentes capaces de dar a un perro el amor que les niegan a sus padres. Toda una inversión de valores en una sociedad que ya no cree en los ideales políticos ni en valores morales como la tolerancia, la generosidad o el diálogo. Y claro que estoy hablando de política, de la política española. pero también podría hacerlo de la francesa o de la norteamericana, donde un odiador nato como Donald Trump podría, Dios no lo quiera, llegar a sentarse en la Casa Blanca, ayudado indirectamente por la inseguridad que el odio islamista provoca en el voto pacato.

Confieso que la imagen de un padre acompañando el cadáver de su hijo en el desolado paseo atropellado de Niza me conmovió hasta las lágrimas. Pero esas reacciones, tan coyunturales, no van a remediar la situación de un mundo empeñado en peleas fratricidas: no bastan ni las lágrimas ni la indignación del momento ante la imagen impactante de un niño muerto: creo que hay que asumir planteamientos radicalmente nuevos a la hora de encarar lo que pasa, lo que nos pasa.

E, insisto, no crea usted que no hablo esta vez de política, porque es precisamente de política, y de política nacional, tan sorda a los clamores, de lo que estoy hablando. Un mundo, un país, dominado por la baja pasión del odio, en el que la ciudadanía apenas participa en una gestión igualitaria de la solidaridad, esta, sin duda, condenado a las peores catástrofes.

Y en esas estamos, en la inercia del alivio al saber que, de nuevo, la tragedia ha sido cerca, a seiscientos y pico kilómetros de Barcelona, pongamos, pero no aquí. He escuchado en una radio a alguien decir que lo que ha ocurrido en Niza, o en Estambul, igual que lo de antes en Túnez o en Egipto, contribuye a llenar de turistas las playas españolas, en las que ya no cabe un alfiler.

En ese egoísmo estamos encerrados. No me extraña nada, ante mentalidad tan ramplona, que, mientras, estemos dando tumbos sobre si, ante una investidura, serán galgos o podencos, dos razas que, dicen, se odian aunque estén condenadas vivir juntas en el refranero.

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