Antonio Casado

Europa: Convivir con la barbarie

Nos informan de que Túnez es el mayor yacimiento de yihadistas del mundo. Así que también era mayor la probabilidad estadística de que fuera un tunecino de esa estirpe religiosa quien se hiciera notar en lugar tan próximo como Niza, la ciudad menos francesa de Francia, con fuerte presencia de población extranjera u origen extranjero (aquí nació Garibaldi, padre de la Italia unificada).

Lo cual explica entre otras cosas el hecho paradójico de que esa parte del país vecino sea baluarte político del Frente Nacional, el grupo ultranacionalista y xenófobo de Marine Le Pen.

Se calcula una cifra de entre 5.000 y 7.000 los tunecinos que han salido de su país hacia Siria, Irak y Libia para combatir por el llamado Estado Islámico. Un entorno ambiental que podía haber afectado al tal Mohamed Lahouiajet, el camionero que causó la masacre de Niza, aunque los hechos no cuadran.

El seguimiento de la biografía y los antecedentes del individuo nos llevan a las discotecas, los gimnasios, las comisarías (delitos menores: malos tratos, peleas y cosas así) y la consulta de un psiquiatra.

Pero no a ninguna mezquita ni a grupos de fanáticos religiosos dispuestos a darlo todo por Alá. Lo de este sujeto se parece más a la venganza de un trastornado contra el mundo que al fanatismo de un mártir con vocación de entrar cuanto antes en el paraíso.

Aún así, ha bastado que sea tunecino y utilice uno de los métodos recomendados por los jefes del terrorismo yihadista, para integrar la salvajada en la guerra con la que, según Manuel Valls, lo de Niza está conectado «de una u otra forma».

Dice además el primer ministro francés que tendremos que convivir con ello en los años venideros. Y esa es la clave: el fatalismo de saber que hemos de acostumbrarnos al miedo.

Véase lo ocurrido en los cuatro días transcurridos desde el jueves sangriento. El terrorismo yihadista ha reinado en los medios de comunicación y las redes sociales. Quiere decir que los terroristas van ganando.

Una vez más su grito de ¡Viva la muerte¡ (a cambio de 84 vidas ajenas) tendrá ventaja visible sobre el grito de ¡Viva la libertad¡ que pregonamos en esta parte del mundo civilizado. La partida es desigual.

Tenemos desventaja quienes amamos la vida y amamos la libertad. La nuestra y, ay, la de quienes practican el terrorismo de palabras e ideas para señalar a otros el aberrante camino hacia el paraíso.

Respecto a la respuesta al desafío, los malos también consiguen dividirnos. No a todos les suenan bien las reacciones básicas que apelan a la fuerza, la venganza, las declaraciones de guerra, etc.

Mejor sería profundizar en la prevención. Exige buenas bases de datos sobre potenciales terroristas y unos servicios de inteligencia policiales capaces de pisar el huevo de la serpiente en sus propios nidos, a sabiendas de que los bombardeos, por ejemplo, no sirven de nada cuando la serpiente habita entre nosotros y pone sus huevos en sitios tan poco exóticos como Bruselas, Niza, Paris, Barcelona o Londres.

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