Santiago López Castillo

Otro salva vidas

Otro salva vidas
Santiago López Castillo. PD

Al leer la noticia se me humedecieron los ojos. Aún tengo reciente, en carne viva, la herida que me dejó mi perro «Niebla» al marchar de esta vida. Un doberman muere al salvar a sus dueños atacados por cuatro feroces cobras. Es la fidelidad, el cariño, inclusive a cambio de nada. No me gusta la palabra dueño; es posesiva, esclavizante. En cierta ocasión, yendo yo con mi golden retriever por el campo se acercó a un montañero en las estribaciones de la Maliciosa. Saludaba a todo el mundo. Era así de cariñoso, amor infinito. Al llamarle, el paseante le dijo que «te llama tu dueño». A lo que le repliqué desde lejos: «No soy su dueño, somos amigos». Me honro con aquella aseveración del colega Eduardo Chamorro, quien al comentar mi novela «Canela» sentenció: «Yo no sé si el perro es el mejor amigo del hombre. Pero doy fe de que Santiago es el mejor amigo de los perros». Fue el mayor piropo que coseché en mi dilatada vida profesional.

Pero a lo que iba. El perro en cuestión, objeto de este comentario, salvó la vida de su familia humana ante el ataque de estas asesinas serpientes que sólo bailan para los turistas a toque de flauta. La noticia no da su nombre, únicamente su raza, considerada de las «altamente peligrosas». Un perro nunca es fiero, el fiero es su dueño, y aquí sí aplico la palabra odiada. En la defensa de sus seres queridos, «Victor» -así se le he bautizado yo ya que no venía nombre de pila ni ninguna identidad-, fue así de valeroso, valiente, haciendo doble la ley la ley canina por su el impagable servicio de los canes en terremotos, tragedias, derrumbamientos, etc. El doberman, fíjémonos, muere ensangrentado ante las mordeduras de las víboras inoculando el veneno que le profirieron.

– ¿Se puede pedir más?

Son cientos de miles de casos que bien merecerían un tratado antropológico basado principalmente en la zoología. El hecho sucedió en un lugar de la India llamado Sehekapur Gejapi de Osdisha. Se me viene a la memoria, entre muchos episodios, el heroísmo de «Solty», un labrador que salvó a su compañero ciego al derrumbarse las torres gemelas de Nueva York. El hombre era un colombiano que trabajaba en el piso 123 de uno de los rascacielos. Con aquel caos, crujir de hierros, gritos agónicos, el perro puso a salvo hasta el suelo del edificio al invidente Armando, quien, para mi programa «En Verde» (TVE 2) -en defensa de los animales y la naturaleza- declaró: «Solty es mi vida, mis ojos, mi todo…» Hube de contratar un equipo free-lance in situ para obtener un reportaje magnífico. Al que se negó, por cierto, el corresponsal en la capital estadounidense, el descorbatado Lorenzo Milá y de segundo apellido gilipollas.
Pero así es el hombre, mi friend.

PD.- Mi vecino y amigo Javier Sovejano pone broche final a estos deshilvanados renglones con motivo de la marcha de mi amoroso «Niebla»: «Nos ha dejado. Más muertos que vivos. Más tristes que joviales. Algo que él hubiera querido evitar a lametones. Porque su amor tan infinito así lo desearía». Amen.

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