Fernando Jáuregui

La Constitución (y ellos) meten al Rey en un brete

La Constitución (y ellos) meten al Rey en un brete
Fernando Jáuregui. PD

Mal asunto cuando los constitucionalistas comienzan a disputar acerca de lo que el Rey puede o no hacer de acuerdo con los preceptos, de una desconcertante ambigüedad, de nuestra ley fundamental.

Unas declaraciones de Albert Rivera acerca de que solicitará al Rey que pida a los socialistas que se abstengan en la votación de investidura de Rajoy, si es que la hay, han provocado un aluvión de críticas al líder de Ciudadanos: «la Constitución prohíbe que el Rey borbonee», ha llegado a declarar, con su particular gracejo, el ministro de Exteriores en funciones, José Manuel García Margallo.

Y uno, que, sin ser obviamente un profesional del constitucionalismo, ha tenido que leerse cientos de veces determinados pasajes de esa ley de leyes que nos dimos los españoles en 1978 y que, a mi entender, tiene ya más agujeros que un queso de gruyere, no está tan seguro de que las palabras, casi siempre sabias, de Margallo y de muchos otros que se han expresado en términos similares, aunque no tan castizos, estén tan cargadas de razón como podría entenderse a primera vista.

Condenar al Monarca a ser un simple escucha de lo que le digan los líderes políticos, sin que pueda apenas expresar de manera más o menos tajante sus opiniones, es vaciar por completo la jefatura del Estado, condenarla a un papel de mero florero. Y me parece que el buen Rey que es Felipe VI, y la aborrecible coyuntura política por la que nos están haciendo atravesar, no merecen ni ese trato ni ese rol.

Claro que no estoy abogando por un intervencionismo del jefe del Estado en asuntos que deberían competir a eso que ha dado en llamarse ‘clase política’. Pero en tertulias y en otros comentarios opiné, tras los resultados del pasado 20 de diciembre, casi repetidos, aun con la mejora del PP, el 26 de junio, que «el Rey se la va a acabar cargando, se limite a no hacer nada o intente hacer algo para desbloquear la situación que los vetos, apriorismos y egoísmos de los responsables políticos han ido creando». Y, merced a las declaraciones de Rivera, ahora que el titular de la Corona va a comenzar las consultas para la investidura la semana próxima, la triste profecía comienza a hacerse realidad.

Pero ¿por qué diablos no va a poder aconsejar el Monarca, en sus encuentros privados y teóricamente secretos con quienes pretender ser nuestros representantes, que abandonen sus absurdos discursos y se pongan a la tarea de acordar una Legislatura, aunque sea corta, de reformas legislativas y constitucionales que hagan imposible que una situación como la que vivimos se repita, olvidando cosas secundarias, como si eso conviene o no al fortalecimiento de sus partidos?

«El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones», dice el artículo 56.1 de la Constitución, en un modelo de ambigüedad que da para muchas interpretaciones.

Y, en el artículo 61, se dice que corresponde al Rey «Proponer el candidato a Presidente del Gobierno y, en su caso, nombrarlo, así como poner fin a sus funciones en los términos previstos en la Constitución».

Por fin, y para terminar con esta excursión por los predios de nuestra ley fundamental, el artículo 99 establece que «después de cada renovación del Congreso de los Diputados, y en los demás supuestos constitucionales en que así proceda, el Rey, previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del Presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno».

Ni siquiera se advierte que este candidato haya de ser el representante de uno de los partidos que se han presentado a las elecciones, con lo que, en un supuesto de máximo riesgo para la Corona, su titular podría proponer a las fuerzas políticas la figura de un independiente, si no se llega a un consenso entre los ‘cuatro’ aspirantes actuales a La Moncloa y en evitación del supuesto indeseable máximo, otra repetición de las elecciones. Posibilidad de la que, por cierto, comienza ya a hablarse como si fuese una hipótesis que pueda darse, qué remedio.

Por lo demás, la Constitución no establece un plazo límite para las consultas reales, y ya se sabe que esos plazos empiezan a contar solamente a partir de que se celebra la primera sesión de investidura.

Si no se logra llegar a esa sesión, esas consultas reales podrían prolongarse teóricamente durante meses, o durante años, haciendo inviable el sistema político y la propia figura del Rey. En este marco, ¿cómo no pensar en que el Monarca tiene que pedir al ganador de las elecciones, Mariano Rajoy, que se someta a la sesión de investidura aunque no logre, porque los demás se lo niegan atendiendo a intereses variados y no siempre ‘sanctos’, los apoyos suficientes?

¿Cómo creer que Felipe de Borbón vaya a obviar recomendar a Ciudadanos y socialistas que cambien sus actitudes actuales, que comienzan -hágase, si no, un análisis a fondo de lo que están diciendo todos los medios_ a ser del todo incomprendidas por la ciudadanía? Entiendo que la responsabilidad de Felipe VI, que ha demostrado hasta ahora ser uno de los grandes reyes de la Historia de España en circunstancias especialmente complicadas, no empieza y concluye en recibir en audiencia a cada uno de los líderes parlamentarios -lamentable que los de Esquerra Republicana de Catalunya, además de los de Bildu, no quieran acudir: pero ¿no era hablando como se entiende la gente?-, darles la mano y despachar con ellos naderías durante el tiempo que dure el encuentro.

Si el jefe del Estado no puede argumentar nada, aconsejar nada, si no puede decir cosas con sentido de futuro desde su posición ‘au dessus de la mêlée’, mejor es que ni se celebren tales encuentros; total ¿para qué?.

Yo me sentiría mucho mejor, más confiado, si supiera que Felipe VI, desde su indudable posición de autoridad moral, sí argumenta, aconseja y hasta da algún puñetazo sobre la mesa en estos momentos de tan grave zozobra política nacional.

Y digo grave, sí, aunque los españoles, tan hartos ya de esta enorme insensatez, solo piensen, al parecer, en la escapatoria de unas vacaciones que nunca como ahora servirán para olvidar. Pero, al regreso, los viejos dinosaurios, es de temer, seguirán ahí.

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