Santiago López Castillo

Los Presidentes del Congreso

Los Presidentes del Congreso
Santiago López Castillo. PD

Por suerte o por desgracia los he conocido a todos. No he en balde estuve en las Cortes desde el primer día y casi siempre como jefe de información parlamentaria y director de «Parlamento» de TVE. Pormenorizar la relación de presidentes de la Cámara Baja no sólo sería un trabajo arduo y cansino para el lector. De modo que me referiré a los que nos profesamos amistad además del laboreo legislativo. He de destacar, en primer lugar, a Fernando Álvarez de Miranda, recientemente fallecido, que cuajaba en mi modus vivendi por su humanismo cristiano. Al concluir la sesión, y una vez que yo diera la crónica en directo para el telediario, me llamaba a su despacho.

– ¿Qué, Santiago? ¿Qué tal he estado…?

Así de sencillo. Como un maletilla en el ruedo parlamentario. Era hábil, además de buena gente, en aquellos pasos perdidos y recobrados para la democracia. Pertenecía al grupo de UCD pero jamás evidenció un ápice de sectarismo. Y eso que había gallos de pelea como Alfonso Guerra y José Pedro Pérez Llorca, apodado «el zorro plateado». Pero pese a la dureza de las expresiones, nunca podrían ser comparables a algunas escenas macarras que vivimos hoy en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. También fui amigo de Gregorio Peces-Barba, en su papel de constituyente, donde le ofrecí una columna en ABC-ByN siendo servidor subdirector de la Casa compaginando con mis obligaciones televisivas, y, además, porque era del Real Madrid a muerte como yo.

Pero debo de ir aligerando. Porque me quedan, entre otros muchos, todos, personajes como Lavilla -no el de TVE, que tiraba para allá… y a buen seguro que me entienden-, sino Landelino Lavilla, que presidía la sesión cuando llegó Tejero, y usted, que soy yo, hacía la transmisión sobre la investidura de Calvo-Sotelo, no el asesinado y que dio lugar a la guerra civil, sino Leopoldo el sieso pero el más culto de los presidentes de gobierno, siempre bajo el brazo «Le Monde- Diplomatique». No el «Marca», como denostan los furibundos enemigos de Rajoy. Y Bono. ¡Oh, gran Bono! La pesadilla de Castilla-la Mancha. Que nada más alcanzar la presidencia de las Cortes-rey de la fotografía y el foto-maton- reunió a los periodistas que estuvimos el 23-F, que eran ninguno (los demás compañeros estaban en el bar), y sólo quedábamos el periodista de la SER, RNE y este seguro servidor con TVE para toda España.

Conocí, para no alargar el relato, a José Félix Pons, socialista, exquisito en el trato y en las buenas artes del vivir y el entendimiento. Igualmente, al otro lado de las Cortes, el Senado, estuvo José Federico de Carvajal, quien me obsequió con un tomo de los debates constituyentes que presidió él, en pastas rojas y doradas letras dedicatorias. Y no puedo dejar de mencionar a Federico Trillo, muy respetado por el hemiciclo aunque le soliviantaba la socialista Teresa Cunillera y del que guardo una fotografía con esta dedicatoria: «A S. L. C, parlamentario de la voz, la palabra y la imagen con un fuerte abrazo». Manda huevos. Y, finalmente, Luisa Fernanda Rudi, una gran señora que me presentó en el Círculo de Bellas Artes mi novela «La cruz de la santera».

He de concluir diciendo que Antonio Fontán, primigenio del Senado, en los años 70 y pico, fue el único político que me obligó a hablarle de usted. Y sin ser del Opus, yo. Quizás por ello.

De Ana Pastor, mi calificativo es excelente. Y que no sea reina por un día.

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