Francisco Muro de Iscar

Una juventud para la esperanza

Una juventud para la esperanza
Francisco Muro de Iscar. PD

Cuando aquí andamos perdidos en las míseras querellas internas que impiden formar un Gobierno o con los intentos desesperados de los políticos de todo signo de no hacer aquello para lo que fueron elegidos, y en pleno momento de ocio y descanso, en Cracovia, millón y medio de jóvenes han acudido a la Jornada Mundial de la Juventud donde lo que escuchan y lo que ven es todo lo contrario. No es una JMJ «normal», aunque parezca similar a las anteriores.

El lugar donde se desarrolla, los terribles símbolos que aún permanecen, la situación mundial amenazada por el terrorismo, la persecución de los cristianos en muchos países del mundo hacen de esta Jornada una cita muy especial.

Y los mensajes del Papa Francisco, quizás el único líder mundial respetado por todos, exigen una reflexión, aunque haya grandes medios de comunicación que no dediquen a esta cita masiva ni una sola línea. Gajes de la obsesión por la pequeña política.

Francisco ha dicho muchas cosas. El Papa de la Misericordia, con mayúsculas, sostiene que «el terror no se vence con más terror», rompiendo una lanza por la libertad y en contra de los que prometen más muros, menos libertades o más controles.

Francisco abre los brazos a la llegada de culturas y personas diferentes convencido de que sólo se puede acabar con este problema con la fraternidad, es decir, llevando el progreso, la cultura, la libertad y la esperanza a los países de los que huyen millones de personas que viven la persecución, la guerra o la miseria.

Países donde el odio engendra más odio y donde los terroristas encuentran su territorio para expandirse. De Siria o Libia sólo hablan los medios de comunicación cuando les interesa a los poderosos.

Y callan cuando éstos quieren que nadie hable de la terrible destrucción que allí se está produciendo. De la terrible situación de muchos países africanos, apenas sabremos nada. Pero allí mueren asesinados y perseguidos miles de cristianos y musulmanes, cuya vida no merece ni unas líneas en un periódico.

Francisco ha pedido puentes y no muros y ha reclamado a los jóvenes que abandonen el sillón, que dejen de estar «dormidos o narcotizados» y que se pongan a andar «por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría»: les ha pedido que se empapen de «la locura de Dios, que nos enseña a encontrar al hombre en el hambriento, en el desnudo, en el enfermo, en el sediento, en el amigo caído en desgracia, en el que está preso, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que está sólo…».

Esta Europa en crisis de valores y de sentido, la amenaza del terrorismo, la tragedia creciente de los refugiados, la falta de liderazgo y el auge de movimientos populistas sólo pueden ser combatidos desde nuevas ideas y nuevos liderazgos.

La esperanza está en la juventud, pero no en la que vive entre el sofá y el botellón o las drogas, sino la que de verdad quiere cambiar la sociedad y llevarla por otros caminos de solidaridad y de justicia. La que está, estos días, en Cracovia. La que no ha vivido algunos de los peores momentos de la humanidad -Auschwitz es el ejemplo perfecto- y no quiere repetirlos.

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