Santiago López Castillo

Maduro, ¡a los leones!

Maduro, ¡a los leones!
Santiago López Castillo. PD

Pronto saldrá algún avispado lector que me acusará de ecologista coñazo y que procuro la felicidad animal antes que el bienestar de los hombres. Mire, no, me anticipo a responder. Jamás me he definido ecologista porque tiene un componente político que yo no tengo y sí animalista cabal y a mucha honra. Cuanto más conozco a mis congéneres, más quiero a mi perro, cuya reciente muerte me sigue supurando el costado derecho. El bárbaro, sanguinario y opresor llamado Maduro tiene a Venezuela en un sin vivir, muriendo. Y si los seres humanos comen la miseria, ni siquiera las sobras, que se decía en tiempos, qué habría que decir de las criaturas que mal mueren en los parques zoológicos. La Red me muestra un sin fin de imágenes de fieras que ya no son fieras, «están desactivadas», en lenguaje cursi y cibernético.

La fauna de este país caribeño es rica en zoología, igual que en materias primas. El sucesor del loco Chávez se cisca en todo lo que le molesta, que es el universo entero, el mundo capitalista, opresor, hijos putas de mierda. A esta dictadura se suman los ce ideólogos asamblearios conocidos por Podemos, que se llevan una pasta gansa por el adoctrinamiento. A tenor de esas imágenes, y volvemos a los animales con sentido común, no a los zoo-bestias, los de dos patas, urge la intervención internacional para salvar a estas criaturas que también son hijos de Dios. Iguanas, monos, leones, guacamayos, loros…, toda esa fauna caribeña que muere por inanición.

Seguro que si estuviéramos en la época de los romanos, y el César mandara echar a los leones a este insensato bolivariano, los félidos se retraerían, cualquiera le echa el diente a un pellejo tan duro y tan venenoso como el inmaduro Maduro. El que encierra en mazmorras a los presos políticos por el mero gesto de fruncir el ceño. El estandarte, como se sabe, es Leopoldo López, condenado a trece años de cárcel, y al que El Coleta llama «golpista». Claro, son de la misma cuerda; o sea, cuerda de presos. El inefable ZP hace el paripé o el don Tancredo y todos allí saben que está más con la dictadura que con los sufridos políticos anhelantes de la democracia.

Mientras tanto, el pueblo muere de hambre y pena y las fieras, en número de 2.100 especies, claudican de inanición, sin que en el parque zoológico de Venezuela, situado en Baravida, mueva un músculo porque igual llega el ogro con el «exprópiese». El jaguar va de un lado a otro de la jaula intentando amortiguar su angustiosa condena.

Mi bautismo en las playas del Caribe, venezolanas, allá por los años 80, tuvo como recibimiento la descarga de una medusa, con un potencial eléctrico inimaginable. Pero eso se solucionó con barro y ungüentos nativos. A buen seguro que la invisible tenticular me la habría enviado cualquier adiestrado chavista, en aquellos tiempos en la oposición. Hoy van en Jaguar, pero en el metálico y metalizado haiga, exclusivo de los dictadores de Sudamérica, muy aficionados también a las limusinas, ls polla. Güisquies, mujeres y endilgues a pierna suelta. Esta Tierra, en fin, vale todo.

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