Ignacio Camacho

El momento requiere un harakiri en el PP como el de los procuradores franquistas

El momento requiere un harakiri en el PP como el de los procuradores franquistas
Ignacio Camacho. PD

ESE runrún que se escucha en España bajo el canto de las chicharras del ferragosto es el feroz debate interno del PP en torno a las condiciones de Ciudadanos. No podía ser de otra manera en un partido tan acostumbrado a discutir que su líder le ha dado una semana para estrujar a fondo unas cláusulas que caben en medio folio.

Igual Rajoy no se ve en disposición de decidir sin escuchar el ponderado criterio de ilustres dirigentes como el secretario de Nuevas Generaciones, la ex alcaldesa de Marbella o el presidente autonómico murciano.

El grado de la controversia es tan intenso que las instrucciones para la reunión del miércoles consisten en que el veredicto no parezca unánime. La opinión sí lo es: las exigencias del que llaman

Riverita no les gustan un pelo pero no tienen otra que aguantarse. Y se las van a tragar pensando en digerirlas a través de la letra pequeña, al más puro estilo de Romanones: las leyes y los reglamentos. Para eso tiene Soraya a su brigada de abogados del Estado. La División Aranzadi.

Habrá pues en la Comisión Ejecutiva un grado controlado de disidencia para que los futuros socios no crean que todo el monte es orgasmo. Lo que no desea el presidente es que en ese escenificado desacuerdo tomen protagonismo los potenciales afectados por las propuestas de regeneración, para lo que ha mandado expurgar el censo de un cónclave que incluye algunos imputados y hasta imputables. Los más significados de entre ellos, Ignacio González y Ana Mato, han caído bajo una actualización express de altas y bajas.

Veteranos como Cañete, Figar o Pujalte son lo bastante leales para no tirar los pies por alto. Queda pendiente Rita Barberá, que encarna en sí misma dos de las disposiciones más antipáticas del pliego de C´s: no la imputan porque está aforada y se acoge al aforamiento para que no la imputen.

Pero lleva tiempo ausente de esas reuniones y alguien le está haciendo saber que no la van a echar de menos precisamente esta semana. En su más importante jornada corporativa de los últimos tiempos, el sanedrín marianista no quiere hacerse una foto llena de justiciables bajo medidas cautelares.

Se trata de un error porque a esa asepsia preventiva le va a faltar épica de generosidad política. Lo que correspondería al momento es una catarsis de arrepentimiento colectivo, un harakiri patriótico como el de los procuradores franquistas: la nomenclatura señalada como sospechosa por el reformismo emergente renunciando con coraje a sus privilegios como quien se abre a tirones la pechera de la camisa. Una sesión histórica de autoinmolación, un pentecostés iluminado en el que a los miembros de la vieja guardia, arrebatados de contrición ante la aplastante evidencia del Tiempo Nuevo, les creciese sobre sus plateadas cabezas un halo en forma de llamita.

Como los nuevos 40 de Ayete del tardomarianismo: que todo cambie para que todo igual.

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