Luis del Val

La vida en un móvil

La vida en un móvil
Luis del Val. PD

La acertada frase de John Lennon, «La vida es esto que nos pasa mientras pensamos hacer otra cosa», podría transformarse en «La vida es eso que pasa, si lo vemos, lo escuchamos o lo leemos en el móvil».

El fenómeno por el cual un medio se convierte en un fin es bastante frecuente, ayudado por la falta de madurez. Recuerdo, cuando me saqué el carnet de conducir, a los 18 años, y estaba deseando que mi padre me dejara su coche para hacer algún recado.

El automóvil era un medio para trasladar un paquete de un lugar a otro, pero para mí lo importante era sentarme al volante, ese era el fin, y lo demás me resultaba accesorio.

Y el teléfono móvil -un medio para comunicarnos- se ha convertido en un fin en sí mismo, que puede que nos acerque a los que están lejos, pero nos aísla de los que están a nuestro lado, a los que no hacemos ni puñetero caso, porque estamos leyendo un mensaje por el móvil, o escribiéndolo o escuchándolo.

Claro que faltaba una cuarta acepción, y es que nuestro fin sea el juego, el entretenimiento, esa parte lúdica necesaria para vivir, pero que puede convertirse en una obsesión y, lo que es peor, en un fin. Y, si para alcanzar los fines hay que despreciar lugares respetables, se desprecian, a no ser que alguien, con un mínimo de sentido común y de estética, lo prohíba, como ha sucedido en Camboya.

No soy partidario de que las leyes se inmiscuyan en la vida privada, pero cuando entro a un restaurante, y veo a unos padres de familia sentados a la mesa, hablando entre ellos, mientras la niña o el niño, se dedican a jugar con el móvil, el autoritario que todos llevamos dentro me incita a llamar a la pareja de la Guardia Civil para que detengan a los padres.

Exagero, claro. O no, que diría Mariano Rajoy, El Investible. Porque escuché el otro día a un ciudadano, con edad que garantizaba la madurez física y mental, anunciar que se iba a contemplar las lágrimas de San Lorenzo, y que se llevaba el móvil para fotografiarlas.

Quedarán preciosas. Y tendrá que colocar un cartel para explicar que esa luminiscencia sobre negro es polvo de estrellas.

Y se habrá perdido el placer de contemplar con sus propios ojos el fascinante espectáculo de Las Perseidas. Pero quien ha cambiado las posibilidades de la realidad por la seducción de lo virtual, no lo entiende, porque ya ha decidido que la vida es eso que se ve en su móvil.

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