Pedro G. Cuartango

La mancha de la sangre

La mancha de la sangre
Pedro G. Cuartango (EL MUNDO). PD

La tiranía no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre la pasividad de los demócratas. Cito de memoria esta frase de Albert Camus, que juzgo esencial para comprender lo que ha sucedido estos últimos años en el País Vasco.

Lo que quiero decir es que me parece increíble que una persona como Arnaldo Otegi no sólo siga disfrutando de una alta valoración como líder en un sector de la sociedad vasca, sino que además tenga la osadía de dar lecciones de ética y de democracia.

Hay que recordar que Otegi perteneció a ETA, participó en varios secuestros y luego fue encarcelado por pretender reconstruir Batasuna, el brazo político de una banda que asesinó a 800 personas. Jamás ha condenado con sinceridad estas muertes y, por el contrario, justificó durante décadas el uso de la violencia para fines políticos.

Digámoslo sin rodeos: las manos del dirigente de la izquierda abertzale están manchadas de sangre. Y pese a sus juegos de palabras sobre la primavera y las flores, él es cómplice y responsable de 800 crímenes perfectamente innecesarios e injustificables. ¿O acaso las ideas de los nacionalistas vascos valen más que las vidas de sus víctimas?

Otegi y sus compañeros siguen sin asumir el terrible daño que provocaron en el pasado y eso no lo pueden borrar los cientos de miles de votos que reciban Sortu, Bildu o sus otras marcas. La ignominia no se lava en las urnas y sólo se puede perdonar cuando existe un reconocimiento sincero de la culpa.

Por mucho que ahora quieran reescribir la historia, ETA y sus apéndices como Batasuna desencadenaron una guerra contra civiles indefensos y asesinaron a niños y mujeres cuando la democracia española intentaba consolidarse tras la terrible etapa del franquismo.

En lugar de ayudar a asentar las libertades y los derechos humanos, sembraron el terror con sus bombas y sus pistolas y desestabilizaron la convivencia pacífica.

Como no tenían suficiente apoyo democrático para lograr la independencia, decidieron llevarse por delante todos los obstáculos que impedían la consecución de sus objetivos sin importarles el coste. Y pisotearon todos los valores que constituyen la esencia de cualquier ser humano.

Pero lo peor es que lo hicieron con la complicidad de un amplio sector de la sociedad vasca, que ahora finge ignorar lo que sucedió. Otegi es la encarnación de ese pasado oprobioso, de una etapa de terror y de matonismo que destruyeron los cimientos de la convivencia y forzaron el éxodo de cientos de miles de vascos. No tiene nada de que enorgullecerse y sí mucho de lo que avergonzarse.

Seré sincero: me da igual si le dejan presentarse o no a las elecciones vascas porque el juicio de la historia sobre Hitler no varía por haber ganado las elecciones en 1933. Aquellos votos no sirvieron para justificar lo que pasó después.

Otegi no tiene futuro. Siempre será un personaje siniestro y abyecto que no hizo nada para evitar el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Si no fuera patético, sus esfuerzos para presentarse como un líder político producirían hilaridad. La única cosa digna que podría hacer en la vida es enclaustarse en el monasterio de Silos y pedir perdón hasta el resto de los días. Ni siquiera así podría mirarse en el espejo este malvado que tanto dolor ha provocado.

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