David Gistau

La emergencia, al final, es un pretexto para que el rencor social se desate un poco más contra los políticos

La emergencia, al final, es un pretexto para que el rencor social se desate un poco más contra los políticos
David Gistau. PD

YA he contado que al argentino Ratín, uno de los futbolistas más duros de la historia -el que, expulsado, se negó a salir del campo y obligó a una intervención policial en el Mundial ’66-, le preguntaron una vez qué era lo peor que le había sucedido al fútbol: «Las cámaras de televisión.

Antes sólo debías cuidar de que no estuviera mirando el árbitro. Ahora te agarran con una cámara cada vez que haces algo». Cómo comprende este viejo defensa central leñero semejante aprensión a la vigilancia orwelliana que dificulta rutinas tales como tirar pescozones intimidatorios a aquellos a los que Dios concedió el don de la gambeta. Es como hacer la guerra llevando siempre encima un inspector de la ONU.

Este fenómeno al que se refiere Ratín encuentra un paralelismo en la vida pública con la incorporación de una cámara al teléfono móvil. Gracias a semejante aberración tecnológica, todo ciudadano queda preparado para servir al Estado en una sociedad distópica de chivatos e informadores.

Para personas obligadas por su proyección pública a la contención y la respetabilidad, la calle se ha convertido en un lugar peligroso en el que cualquier desliz, ya se trate de un adulterio, de una borrachera o de una micción sobre estatua de prócer, adquiere una capacidad expansiva absolutamente destructiva de su reputación. Basta con que en ese momento pase por ahí un fulano con un móvil.

El colmo de este simulacro de RDA lo estamos viendo en las playas del veraneo con la vigilancia ciudadana para someter a escarnio a cualquier político que ose meter en remojo así sea sólo el dedo gordo del pie. ¡A él! ¡Prendedlo!

¡Se ha tomado vacaciones! Son de una delicia sin parangón esas crónicas en las que se mencionan los «avistamientos» de Pdr Schz en diferentes centros lúdicos de la península, a veces simultáneamente, como ocurre con los avistamientos de Elvis.

O las fotos saliendo del agua, tomadas por los móviles de ciudadanos delatores que acreditan su deserción en tan trascendental encrucijada histórica de la patria. ¡Iba en traje de baño! ¡Horror! ¡Ahora sí que se escaralló el Reloj de la Democracia como si lo hubiera parado Morante!

Podemos discutir si resulta exagerado o no ese estado de emergencia nacional según el cual ni el rey ha podido irse a ver a Gasol porque todo cargo público, por chiquito que sea, ha de permanecer como un bombero de guardia junto al camión por si suena la alarma. Podemos valorar si los políticos directamente involucrados en las negociaciones de la investidura pueden o no desaparecer unos días.

Pero es que aquí se están considerando irresponsables y traicioneras hasta las vacaciones de alcaldes que nada tienen que ver ni con el parlamento ni con la formación de gobierno. La emergencia, al final, es un pretexto para que el rencor social se desate un poco más contra los políticos. Dejarlos sin vacaciones sabe a poco. Propinémosles no menos de tres patadas por cabeza en el culo cada vez que sean «avistados» en cualquier circunstancia.

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