Santiago López Castillo

Se presenta un asesino

Se presenta un asesino
Santiago López Castillo. PD

y todo el mundo en pie. Bueno, desde que salió de la cárcel. Salió con aires de mochilero, con vítores y aplausos, como aquellos asamblearios del 15-M. Aquellas imágenes y las siguientes me han hecho fijarme no en él, que produce vómitos, sino en sus acompañantes que le soban el lomo porque serán manos teñidas de sangre, bien por la ejecución o por la colaboración o complacencia. El fanatismo etarra, se reduce, desgraciadamente, a esta dolorosa cifra: casi un millar de muertos.

Su excarcelación -mas no su inhabilitación, hasta 2021- fue acogida con júbilo pero la exaltación del terrorismo en España se interpreta por la progresía judicial con «libertad de expresión». Esto no sucedería nunca en EE. UU., por ejemplo, donde un vasco, sobrino de Urtáin, al que conocí mucho, al boxeador me refiero, aún se debate entre la vida y el corredor de la muerte. Y, encima, la izquierda española entera aupó a este canalla para que el Parlamento Europeo lo acogiera como un mesías. Y siguió el parlamento catalán donde su presidenta, la miliciana Carmen Forcadell, le rindió pleitesía al asesino vulnerando su vinculación con el Estado español, la razón de ser de la institución catalana.

Estamos en el desafío de este «valiente gudari» ante las próximas elecciones de las Vascongadas (hablemos en cristiano ya que muchos vascuences son meapilas). La ley, ya lo han dicho, me la paso por el forro de los cojones, gora Euskadi Askatasuna; los mismos que salieron de najas cuando Tejero intentó el golpe de Estado y en la huida estos cobardes criminales registraron récords olímpicos en navegación. O sea, salir de najas y cagando. Arnaldo Otegi, para los desmemoriados, dirigió el comando Madrid y mandó asesinar a mi amigo y compañero, porque era más periodista que político, Gabriel Cisneros, «l’enfant terrible del Régimen» (de Franco). Él, el etarra, fue quien tiroteó a Cisneros ocasionándole graves lesiones y estuvo en trance de morir. Las secuelas de aquel atentado le llevaría unos años después a abandonarnos para siempre.

He sentido, por otro lado, la muerte de José Mª Portell, periodista de campanillas al que, en mi etapa de subdirector de ABC-ByN, nombre corresponsal en el País Vasco. Era un valiente. Quiso mediar entre ETA y el Gobierno de UCD, siendo, a la sazón, director de la Hoja del Lunes de Bilbao. Y he vivido en mis carnes la amenaza de los asesinos teniendo que revisar todos los días los bajos de mi coche, linterna en mano, y lo pueden atestiguar los servicios de seguridad de Torrespaña que siempre estuvieron en alerta.

No es de extrañar, finalmente, que el PNV (padres y abuelos de ETA) se rasgue las vestiduras porque se trate de impedir la candidatura del asesino. Y, encima, pasándose a la Fiscalía General del Estado por la entrepierna, la fiscalía vasca sostenga que un etarra como Otegi deba concurrir a la presidencia del País Vasco, para mí Vascongadas. ¿Miedo? ¿Prevaricación? Es una deslealtad a las instituciones del Estado. Y, encima, llevan escolta.

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