Luis Ventoso

Una tolerancia pusilánime y perversa provocó que el problema creciese

Una tolerancia pusilánime y perversa provocó que el problema creciese
Luis Ventoso. PD

UNO de los muchos encantos de ABC es leer las tribunas de Guy Sorman. Los artículos del ensayista francés tienen una cualidad rara y valiosa: siempre se aprende algo, no son meros juegos florales.

Esta semana, explicaba el llamativo éxito de Nueva York contra la delincuencia. Entre 1990 y 2015 los robos bajaron un 80% y los homicidios pasaron de 2.200 al año a 400. ¿Cómo lo consiguieron? Pues cambiando su política policial y judicial para no dejar pasar una. La celebérrima «tolerancia cero» del alcalde Giuliani.

El modelo de Nueva York contra su lacra invita a establecer una comparación con cómo ha encarado España el desafío del nacionalismo disgregador. Frente la tolerancia cero, el Estado español -todos los Gobiernos desde González hasta hoy- han optado por la táctica del avestruz ante la crecida nacionalista.

«Hay que evitar el choque de trenes», «existe una realidad que debemos respetar», «no podemos ir a la confrontación directa»… Mantras buenistas, que solo han servido para ir fortaleciendo al adversario, cada vez más osado y que hoy ya va a saco contra la unidad del Estado.

Merced a esa acomplejada dejadez, se perdió la batalla de las ideas, muy especialmente entre el llamado progresismo. Nuestra izquierda se avergüenza mayormente de su país.

Ha cedido ante un sofisma tan delirante como ese que sostiene que el orgullo de raza xenófobo, el rechazo al vecino, las hipérboles sobre el terruño y la invocación de arcaicos derechos renacentistas son conceptos más «progresistas» que la idea de España, un Estado solidario que aboga por la cooperación de sus pueblos.

La nación más antigua de Europa se confunde con Franco. La mayoría de los intelectuales y comunicadores -en especial los muchos que proceden de Cataluña, siempre muy bien acogidos en Madrid- hablan de su país, España, con la misma distancia aséptica que podría mostrar un sueco.

Personas como Banderas, un artista que elogia a su nación, se convierten en una rareza excéntrica (jamás escucharán ese tono patriótico en un Almodóvar, o en el articulismo de la prensa global, o en las teles de combate, algunas de capital foráneo, que en la práctica hacen negocio pregonando una idea repugnante: España es una mierda, así de crudo).

El error fundacional, y el más grave de todos, fue transferir la educación a las autonomías, lo que ha convertido las escuelas de Cataluña y el País Vasco en viveros de nacionalistas.

También resultaron muy lesivos los pasteleos de González y Aznar con Pujol, un mercader taimado y corrupto, que aprovechó las regalías para ir colocando los rieles de la ruptura. Pero quien abre las puertas de par en par a la insumisión es el atolondrado Zapatero, al cuestionar la idea de España desde su propia presidencia.

Y llegamos a Rajoy, que se encuentra con un movimiento muy crecido y fanatizado, difícil de parar si el Estado no se defiende en serio. Es cierto que no ha hecho nuevas concesiones al nacionalismo.

Pero se ha limitado a embozarse tras la coraza del TC y a repetir lugares comunes elementales. En Cataluña ha comenzado un golpe de Estado a cámara lenta contra nuestro país y contra nuestras libertades, un delito gravísimo. Pero ninguno de esos delincuentes ha pisado un calabozo y su «proceso» -su revuelta sediciosa contra la legalidad- sigue adelante. Tal es la desoladora verdad.

Con un Gobierno en barbecho; con un líder de la oposición, Sánchez, de ínfima calidad política y moral, y con una judicatura progresista que se arruga en nombre del buenísimo, España peligra. Es la terrible resaca del «no los molestemos».

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